La sencillez de un niño

Es cierto que conforme uno crece se incrementan las responsabilidades, las tareas que debe afrontar, los desafíos, que uno debe perseguir de manera progresiva. Pero, ¿por qué esto nos lleva, en determinados momentos, a complicarnos en exceso la vida? ¿por qué no somos capaces de atender a lo importante, en lugar de estar bombardeando nuestra mente con pensamientos que solamente desgastan? Qué importante es saber disfrutar.

Como contaba Mauricio Pochettino en su libro, en la escapada que realizan a Argentina: “La lejanía de la urbe agudiza los pensamientos y los sentidos. A lo mejor no son tan ingeniosas las ideas que se nos ocurren, pero lo parecen. Disfruté inmensamente de los momentos en grupo y también de algún paseo en solitario al embarcadero, un rincón tranquilo y maravilloso. Un día que agarré la bicicleta coincidí con Jesús, que había salido a correr. Decidimos seguir juntos el paseo; yo pedaleando y el al trote. La energía era brutal, no hacía falta que habláramos, nos sentíamos parte de algo mucho más grande.”

Sentirte parte de algo mucho más grande que tú consigue que uno se desprenda de sí mismo, y se centre en todo lo que le rodea: la persona con quien está; si se encuentra solo percibir los rayos del sol, el sonido de las olas cuando rompen, el cantar de los pájaros cuando vuelan por encima de ti. ¿Por qué dejamos de fijarnos en la belleza de todo cuanto nos rodea? La belleza, qué importante es; pero me la guardo para el próximo post.

Uno de los grandes retos, creo, para cualquiera es justamente esto: no necesitar ir a un sitio alejado, para disfrutar de la belleza de cuanto nos rodea. Debemos ser capaces de apartar trabajo y vida, atendiendo al trabajo cuando toque; pero atender a nuestra vida cuando estemos en nuestro tiempo, en nuestro espacio, en ese encuentro contigo mismo. Para que el trabajo sea de calidad, nuestro tiempo de descanso de cada día (que debemos tenerlo), también debe poseer esa máxima calidad.

Una de las reflexiones que me encantó de Mauricio, al respecto de este “darle vueltas a la cabeza” fue la siguiente: “Es que me di cuenta de una cosa. Darle vueltas a las cosas, buscar donde no hay, intentar la cuadratura del círculo, es un esfuerzo innecesario. La solución está en continuar confiando en el proceso. En la esencia. En encontrar en uno mismo la pasión y las respuestas para superar cualquier obstáculo . Eso fue lo que nos enseñó el Lago Escondido.”  No es casualidad que otra vez, en otro libro, se resalte la importancia de saberte enfocar en el presente, en el proceso, en la manera en que lo recorres independientemente de que el resultado final sea bueno o no tan positivo como esperabas; presente y paciencia se antojan claves para lograr esa tranquilidad, esa pausa, tan necesaria en nuestro día a día.

Y precisamente esto, ser capaces de encontrar en cada uno de nosotros la pasión que nos mueve a sacar nuestra mejor versión cada día, me conecta con la última reflexión de Pochettino, tras tener una de esas charlas de las que solamente puedes tener 2-3 durante la temporada, pero que obtiene unos efectos como él mismo dice “milagrosos”: “…los jugadores se sumergen en su conciencia y cada uno regresa a un punto determinado de su pasado. No sabes a cuál exactamente, pero te lleva a un reencuentro con una versión más joven de ti mismo; el chico que amaba el fútbol y la persona que eres ahora se funden en uno. Y cuando eso ocurre, al salir de nuevo a entrenar vuelven a disfrutar, se ríen, corren, y hacen un gran esfuerzo, están conscientes, receptivos, abiertos a lo que les diga.” 

¿Y cuál es la imagen que se me venía justo cuando leía estas líneas del libro? La imagen que vi hace unos días en Twitter, de un pequeño aficionado del Manchester United, pisando por primera vez Old Trafford, con una cara de asombro, de sorpresa, de felicidad, que me dejaron encantado por verlo reflejado en su cara. Casi al mismo tiempo, se me venía la siguiente pregunta: ¿Por qué abandonamos este estado? ¿Por qué conforme crecemos necesitamos más y más, para alcanzar ese asombro, esa alegría, esa conciencia? ¿Por qué con el paso del tiempo nos ocupa más la vida de la persona de al lado, que la nuestra propia? Quizás porque el paso de niño a adulto no ha sido completado de la forma correcta.

Probablemente crecer signifique asumir responsabilidades, claro que sí, pero sin olvidar que el crecimiento no está reñido con felicidad, con seguir asombrándonos de momentos cotidianos, con saber dar las gracias por cuanto tenemos, con pedir perdón cuando uno se equivoca, con no meterte en la vida de los demás, con evitar la crítica desmedida, la opinión nada constructiva. Crecer es, también, saber ser feliz con la vida que tienes, con el momento que atraviesas, teniendo siempre claro que nada es para siempre. Existirán momentos buenos, otros no tan buenos, otros malos, y otros muy malos; pero en nosotros está (igual que la pasión por mejorar) saber cuándo ocuparse y no pre-ocuparse. Por todo ello, la respuesta la tenemos en ellos: los niños.

En su capacidad para atender al momento que viven, de manera despreocupada, sin atender a lo que harán diez minutos o dos horas más tarde. En sus ganas de querer socializar, de querer compartir lo que tienen, en sus sonrisas sanas sin esperar nada a cambio en un futuro, en su imaginación, su creatividad, su alegría. Si es necesario, fijémonos en ellos para saber de dónde venimos, cómo hemos llegado hasta el punto en el que estamos, y de qué manera queremos recorrer el camino que nos queda por hacer. Como decía cierta frase: “Que el niño que fuiste en su momento, jamás se avergüence del adulto que ahora eres.”

Que tengan una muy feliz semana, y si están de vacaciones, disfrútenlas como se merece. Sepan disfrutar de cada día de la semana, de las personas que tienen al lado, y den las gracias a menudo. Un fuerte abrazo.

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Vivir

“Solo hay que vivir, vivir, vivir. Que nadie pueda etiquetar mis pasos. Soy timonel de mi propio barco.” Estas son las letras de una de las canciones de Pablo Alborán, y las elijo porque hoy quiero hablar sobre esto, lo que hacemos cada día a nuestra manera, vivir. Es curioso cómo de todas las acciones que llevamos a cabo cada día, si hay una que realizamos sí o sí es esta, la de vivir. Y sin embargo, ¿sabemos vivir? ¿qué es vivir?¿catalogamos la vida de los demás? ¿nos ocupamos de aprender a vivir?

Vivir de manera plena tiene que ver contigo, y poco con lo de fuera. Es saber centrarse en el momento presente disfrutando, o mejor dicho sabiendo disfrutar de cada momento, de cada instante que se vive prácticamente como si fuera el último. Porque la realidad, aunque tendamos a olvidar, es que no sabemos si será el último. Como decía Yamamoto Tsunetomo, “con seguridad no hay otra cosa que el propósito único del momento presente. Toda la vida de un hombre es una sucesión de momento tras momento. Si uno comprende completamente el momento presente, no habrá nada más que hacer, y no quedará nada por perseguir.”

Vivir alcanza su auténtico y verdadero significado cuando dejas un poquito de tu corazón en cada gesto, en cada acción, de tu día a día. Del mismo modo que le explicaba George Yeoman Pocock a Joe Rantz mientras construía uno de sus botes de remo: “Pocock se quedó en silencio, dio unos pasos hacia atrás para ver mejor el armazón del bote, se puso las manos en la cadera y estudió detenidamente el trabajo que había hecho hasta entonces. Dijo que, para él , el arte de construir un bote era como una religión. No bastaba con dominar los detalles técnicos. Había que entregarse espiritualmente, había que rendirse completamente. Cuando terminabas y te alejabas del bote, había que sentir que habías dejado en él, para siempre, una parte de ti mismo, un pedacito de corazón. Se volvió a Jose. “El remo-le dijo-es así. Y buena parte de la vida también es así; al menos las cosas que importan.”

Y aquí es donde aparece otra idea importante, “las cosas que importan” que tiene mucho que ver con la capacidad de relativizar, pero esta capacidad debemos entender que es personal, subjetiva, de cada uno de nosotros. Por tanto se debe cuidar mucho las valoraciones que hacemos de la vida de la persona que tenemos en frente, tratando de darle lecciones o intentando hacerle ver cuál es la decisión correcta. ¿Correcta?¿Incorrecta? Eso solo lo sabe cada persona, en su propio camino y con sus propias circunstancias. Querer de verdad es respetar estas condiciones, permaneciendo a su lado, e insuflarle energía, alegría de vivir en el recorrer de ese camino; pero nunca etiquetando o enjuiciando. Porque como muy bien dice Pablo Alborán en la canción, “soy timonel de mi propio barco”.

Aprovechando que hablamos de barcos, y de remos, quisiera concluir este post con varios extractos que resumen muy bien cómo sentir ese momento felicidad. Un momento que, como muchas veces he dicho, se siente de manera verdadera en compañía de al menos otra persona. Porque probablemente, o yo al menos lo veo así, para mí vivir es tratar de ser feliz el mayor tiempo posible, y muchas veces ser feliz es ver la cara de felicidad plena en la cara de la otra persona, ver cómo brillan sus ojos, ver como se torna esa sonrisa tan increíble en su cara, ver que día tras días las personas que quieres de verdad crecen, avanzan, cumplen objetivos, incrementan su confianza, se atreven con retos nuevos; en definitiva: viven.

Es algo que solo puedes sentir, de la misma manera que sucede en el arte del tiro con arco, cuando te abandonas de todo lo exterior, te despojas de todo lo que tenga que ver con lo accesorio, y te centras en ser capaz de sentir en lo más profundo de tu corazón ese sentimiento de felicidad, de sentir cómo te llena por dentro. Es ahí cuando sabes que te sientes vivo, que estás viviendo: “Ese día Joe remó como nunca había conseguido remar antes: como Pocock le había dicho que remara, entregándose completamente al esfuerzo del equipo, como si fuera una extensión del compañero de delante y del de atrás, siguiendo perfectamente la palada de Hume, transmitiéndosela a Shorty, al que tenía detrás, en un flujo continuo de músculo y madera. Joe lo vivió como una transformación, como si se hubiera apoderado de él una especie de magia. Lo más parecido que le venía a la memoria era la noche de primer curso en que se encontró en el Lago Union con las luces de Seattle centelleando en el agua y la respiración de sus compañeros de equipo sincronizada como la suya, tal como delataba el vaho que espiraban en el ambiente oscuro y frío. Ahora, al salir del bote en el crepúsculo, se dio cuenta de que la transformación no nacía tanto de que él intentara hacer lo que le había dicho Pocock, como del hecho de que su equipo era un puñado de chicos con los que podía hacerlo. Sencillamente confiaba en ellos. Al final era así de sencillo.”

¿Y por qué sentían ese swing, ese estado de disfrutar del momento, de ese instante, de vivir como concepto elevado a la máxima potencia? Quizás esto nos ayude a entenderlo, entre otros factores: “Había una razón muy sencilla para explicar lo que pasaba. A los chicos del Clipper se les había seleccionado con una competencia muy dura, y de la selección había surgido una especie de personalidad común: todos eran hábiles, todos eran duros, y todos eran muy decididos, pero también eran todos buenas personas. Todos tenían orígenes humildes o habían sufrido una cura de humildad debido a los estragos de la época. Cada uno a su manera, habían aprendido que en en la vida no se podía dar nada por supuesto, que, a pesar de su fuerza, belleza y juventud, en el mundo había fuerzas que los superaban. Los retos a los que se habían enfrentado juntos les habían enseñado la humildad-la necesidad de integrar sus egos individuales en el bote como conjunto-y la humildad era la puerta de entrada común a través de la cual ahora podían juntarse y empezar a hacer lo que no habían podido hacer antes.”

Remando como un solo hombre

Concluyo este post con una reflexión que me llevé al hilo del documental que pude ver de Álex Roca y Valentí San Juan. Probablemente vivir sea la consecución de saber encontrar la felicidad en cada instante que vivimos, compartiéndola con las personas que queremos. Luchar de manera constante por los objetivos, sueños, que perseguimos aún sabiendo que habrá momentos duros que afrontar siempre, más o menos complejos. Y recordar que todo aquello que hacemos, decimos, en cada momento de nuestras vidas tiene más trascendencia de la que podríamos imaginar; por tanto, cuidemos lo que decimos, la calidad de nuestras acciones, y la manera en que tocamos el corazón de las personas que están a nuestro lado.

Os comparto un vídeo que, creo, merece la pena que veáis. Un fuerte abrazo, feliz domingo, y que tengáis una bonita manera de vivir.

 

“La mayoría de las personas no descubren qué es más importante en la vida hasta que son demasiado mayores para actuar en consecuencia. Pasan gran parte de sus mejores años persiguiendo objetivos que al final importan poco. Aunque la sociedad nos invita a llenar nuestras vidas de objetos materiales, la mejor parte de nosotros sabe que los placeres más simples son los que nos enriquecen y nos llenan. No importa que nuestra sea situación sea difícil o acomodada, todos poseemos una gran riqueza de sencillas bendiciones a nuestro alrededor, a la espera de que la valoremos. Si lo hacemos, nuestra felicidad aumenta. Nuestra gratitud se propaga. Y cada día se convierte en un asombroso regalo.” (Robin Sharma)
“Lo bien que vivas depende de cómo ames. El corazón es más sabio que la razón. Hónralo. Confía en él. Síguelo.” (Robin Sharma)

 

“Hay que apelar a sus corazones”

“Baile, tus manos son el baile. Tú y yo, sincronizados como nadie. Tienes un ángel que guía, tu alma y la mía. La rabia del Sol…” 

El pasado viernes tuve la suerte, la fortuna, de emocionarme en un concierto como fue el de Rozalén, por volver a escuchar cada una de sus letras, por ver tantas emociones reflejadas en unos ojos, en una sonrisa; por sentir de ese modo tan especial hasta el más mínimo detalle y sonido que emitían cada uno de los instrumentos, por el ambiente, por cada momento, por sentir ese puro sentimiento, por poder vivir y compartir esa experiencia que llega hasta lo más profundo del corazón . Es el motivo de que quisiera empezar el post con esas líneas, porque hoy quiero hablar de corazón, del lado humano que todos tenemos, y que quizás debería salir más a flote.

Explica Fernando Botella en su libro Factor H, que la palabra Coraje viene de la suma del latín “cor” y del griego “kardia”, que se refiere a “poner el corazón por delante”. Poner el corazón por delante, bonito, ¿verdad? Y sin embargo, ¿lo ponemos? ¿Hablamos con el corazón en cada conversación con nuestro compañero/a de viaje?¿Con nuestras amistades?¿Con nuestra familia?¿Con nuestros alumnos?¿Con nuestros jugadores?¿Cuántas veces ponemos el corazón por delante cada día? Son reflexiones que lanzo, que planteo, para que cada uno se las cuestione con la intención de saber de qué manera vivimos nuestra vida.

Una vez que termina este curso 2018-2019, y teniendo en cuenta los cuestionarios pasados para preparar la próxima comunicación científica, los mensajes que me han llegado, la principal reflexión que saco de todo ello es: Qué importante es mostrar nuestro lado humano. Es cierto que no es la primera vez que lo pienso, porque en mi trabajo como entrenador pude empezar a entrever esta reflexión, pero este año ha supuesto un punto de inflexión por muchos momentos, por muchos instantes, que te hacen ver que a veces detenerte con una conversación, con una broma, con una sonrisa, puede resultar en un efecto de tales dimensiones que no imaginabas.

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¿Cuál es el problema de poner el corazón por delante? Muchos dicen que las personas que están bajo tu responsabilidad pueden “cogerte el brazo”, excederse en la confianza, “que es mejor mantener las distancias”. Y yo lanzo la siguiente pregunta: ¿Qué distancia es la correcta?¿Acaso va de distancias? Honestamente, discrepo, y creo más bien que va de mirar y escuchar con el corazón, evitando prejuicios y etiquetas, analizar y observar, para saber cuál es la tecla que hay que tocar con cada persona con quien convivimos.

Si tu mensaje genera credibilidad, se puede exigir y ser generoso a partes iguales, para nada está reñido. El problema es que manejarse en ese espacio, generar ese compromiso, esa confianza, dominar la conversación, la mirada, y el lenguaje corporal, no son tareas nada fáciles. Creemos que por preparar de manera magistral nuestras clases, nuestros entrenamientos, nuestros power points, nuestros estudios de mercados; es suficiente. El secreto sigue estando, y estará, en cuidar los pequeños detalles.

Y para ello, Fernando Botella en el mismo libro nos pone tres casos claros de cómo se pone el corazón en lo laboral. Howard visita personalmente 25 tiendas por semana. Su marca: Starbucks. Su lección: No dejes de saber lo que pasa de verdad. No pierdas el contacto con la realidad. Hilton cuida con esmero que no se olvide, en cualquiera de las habitaciones de sus hoteles, meter la cortina de la ducha dentro de la bañera. Su lección: el detalle importa. Herb, presidente durante muchos años de American Airlines, siempre apoyó al sindicato de pilotos, vivía para ellos, era parte de su dedicación…, nos decía. Y tenía la costumbre de viajar en vuelos regulares hablando y aprendiendo de los pasajeros sobre cómo mejorar un vuelo. Su lección: las personas lo primero. En ellos está el secreto.

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Y haciendo repaso de todo lo visto en este primer curso del Máster Universitario en Humanidades recuerdo una frase, que siempre la recuerdo en nuestras conversaciones con una de las personas a quien más quiero en mi vida, la cual dice así: “Todo error procede de la soberbia.” Y la cito porque tiene que ver mucho con lo comentado anteriormente, respecto a “la distancia”. A mayor soberbia, mayor ego, más muros se levantan, más distancia se interpone entre dos personas que mantienen una conversación. Sin embargo, cuanto mayor es la humildad, más se reduce esa distancia, y más se llega al corazón de la persona a quien miramos a los ojos.

Decía Ernest Hemingway que “La verdadera nobleza del ser humano no consiste en superar a sus semejantes, sino en superar a uno mismo.” De hecho, si vemos la procedencia del latín de la palabra humildad, se observa que es “humilitas”, que a su vez, tiene su raíz en “humus”, que significa tierra. En su origen tenía dos significados: lo que va por debajo y cultivo. Y esto recuerda a lo que ya comenté en anteriores post, referente a los frutos y logros. La clave reside en ser tierra de cultivo, en ser la vid, que dé los mejores frutos para que otros sean quienes los recojan. Sin esperar nada cambio, sin buscar ninguna medalla individual, simplemente porque actuamos y vivimos con el corazón.

Solo la humildad nos permite ponernos en predisposición de afrontar cualquier tarea, cualquier conversación, con la mejor de nuestras predisposiciones (que no garantiza el éxito, pero sí asegura que seremos nosotros mismos, auténticos y verdaderos). Y esto creo que es importante, porque solo cuando vivimos con el corazón somos auténticos, verdaderos, y solo de esta forma logramos que todo fluya ayudando a brillar a las personas que tenemos a nuestro lado. Todo acto de soberbia, o ego, impide actuar de manera natural, impide establecer un contacto auténtico, un cruce de miradas, un intercambio de palabras, que salgan desde dentro, y eso es una pena. No deberíamos vivir para ser mejor que él o ella, sino vivir dando nuestra mejor versión para hacer brillar los ojos de las personas que queremos. Tenemos que ser capaces de sonreír de manera sincera, hasta el punto de emocionarnos, cuando vemos sonreír a la persona que amamos. Porque eso es sacar nuestro lado humano, eso es vivir con el corazón, y eso es ser una persona de verdad.

Porque además, cuando capacitación profesional se combina con un corazón inigualable,  se toman decisiones en cuestión de segundos que no se pueden entrenar, porque son imprevistos que apenas se contemplan, pero que pueden dar unos resultados extraordinarios. Quería concluir este post con la parte final de la película Sully, donde probablemente el factor humano aparece en su exponente más alto. Ese factor humano que al mismo tiempo te permite entender a la persona que quieres, situándote en la misma frecuencia; te permite saber cómo escuchar a ese alumno que viene desde Valencia cada fin de semana al Máster con el esfuerzo que conlleva; te permite generar confianza en ese alumno que atraviesa un mal momento personal por una pérdida de confianza; porque cuando a nosotros nos hablan, nos escuchan, y nos miran con el corazón, nuestros días oscuros se tornan más claros. Todos necesitamos de todos, porque nadie es en sí mismo. Todo comienza y termina en la persona, en concreto, en su corazón, que es ese factor, ese componente, que le hace más humano si cabe.

La frase que lleva por título el post tiene como autor a Nelson Mandela, y completa dice lo siguiente: “No hay que apelar a su razón, sino a sus corazones.” Fue el propio Nelson Mandela quien dijo que el corazón humano está hecho para amar, y no para odiar. Es cierto que quizás la tendencia que vivimos en la actualidad marca todo lo contrario, reinando un relativismo y un “yoísmo” de tamaños desproporcionados. Pero concluyo con una invitación a que no se pierda la esperanza, a que sigamos viviendo con el corazón, a que vivamos amando de verdad, que no nos guardemos un “te quiero” con la persona a quien amamos, que evitemos las etiquetas y juicios a toda costa, y empecemos cada día a sumar para ayudar a transformar.

La vida, a veces, nos presenta personas maravillas que nos cambian por completo, que nos hacen dar un giro, replantearnos muchas preguntas, y cambiar nuestro enfoque. Pero eso solo sucede cuando nuestra predisposición cambia, nuestra mirada cambia, y nuestra humildad envuelve nuestro corazón para recordarnos que ser grande tiene mucho más que ver con palabras que salen del corazón, con abrazos que quitan la respiración, y besos que son el mejor regalo que podríamos recibir.

Vivan latido a latido, rían todo lo que puedan, saquen brillo a sus ojos, y recuerden que todos necesitamos una sonrisa que nos multiplique, que nos recuerde que lo mejor de esta vida es poder compartir momentos sencillos que se vuelven extraordinarios por las personas con quienes los vivimos. Sigan viviendo, sigan disfrutando, y sigan creciendo.

Un fuerte abrazo, y feliz comienzo de semana.

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En total son 5 partes, las cuales merecen la pena ser vistas, os las recomiendo.

“El viaje
Oriol Vall, que se ocupa de los recién nacidos en un hospital de Barcelona, dice que el primer gesto humano es el abrazo. Después de salir al mundo, al principio de sus días, los bebés manotean, como buscando a alguien. Otros médicos, que se ocupan de los ya vividos, dicen que los viejos, al final de su días, mueren queriendo alzar los brazos. Y así es la cosa, por muchas vueltas que le demos al asunto, y por muchas palabras que le pongamos. A eso, así de simple, se reduce todo: entre dos aleteos, sin más explicación, transcurre el viaje.” (Eduardo Galeano).
“El temor mueve menos a la acción que el amor.”
“Amar significa amar lo imposible. Perdonar significa perdonar lo imperdonable.” (Chesterton)

 

Si vibras, emocionas

¿Por qué es tan importante emocionar? Sin duda, porque cuando nuestras emociones entran en juego, nuestro aprendizaje, nuestra vivencia en el día a día, deja tal huella en los corazones que perdura más tiempo del que pudiéramos imaginar. Pero, ¿cómo podemos lograr esto? Es la pregunta que se me planteaba estos días, y a la que hoy trato de armar una respuesta en base a conferencias, conversaciones, y reflexiones con diferentes personas.

Por ello, cada vez estoy más convencido de la importancia de establecer vínculos, con cada persona con quien compartimos cada día de nuestras vidas. Y para establecer estos vínculos es verdaderamente sorprendente que, si preguntamos a una persona cuáles son aquellas referencias que tuvo en su vida, sus referentes, aparecen dos respuestas muy claras: “Me hacía sentir seguro. Pude ser yo”. Es decir, un espacio de seguridad y de confianza. Qué dos aspectos tan importantes, que creo se puede llevar a cualquier ámbito. ¿Acaso no nos gusta estar con una persona, con quien me siento seguro y puedo ser yo mismo?

Pero para lograr ese tipo de recuerdo, de huella emocional, en esas personas, uno primero quizás deba plantearse dos cuestiones: “¿Quién eres tú? ¿Qué quieres?”. Porque en función de la calidad humana de estas respuestas consigues establecer unos puentes verdaderos, auténticos, y de calidad humana, con las personas con quienes creces, vives, en tu día a día. Encontrar los valores que definen tu persona, y saber cuáles son tus propósitos en tu vida es lo que te lleva, sin duda alguna, a definir tu comportamiento. Son las preguntas adecuadas, para recorrer el camino adecuado.

Toda vez que sabemos quiénes somos, y qué queremos desde que nos levantamos cada día por la mañana, la principal consecuencia es que uno logra entender que para establecer vínculo verdaderos uno mismo necesita hacer un total ejercicio de desprendimiento de sí mismo, que le permita centrarse en la persona que tiene en frente. Y esto solamente se puede conseguir si dejamos de marcarnos objetivos, y pasamos a establecer propósitos. ¿Por qué digo esto? El argumento me lo dio una persona a quien tengo un especial cariño, y que creo es muy enriquecedor: “Porque los objetivos se terminan agotando; sin embargo los propósitos son para toda la vida. Normalmente si uno analiza los objetivos, se dará cuenta de que muchas veces van referidos a lograr algo que tiene una fecha de fin. Sin embargo, el propósito tiene que ver  con un aspecto de nuestra vida, de la persona, que no tiene comienzo ni fin porque está interiorizado en nosotros, y normalmente hace que lleve mi atención a la persona que tengo en frente con actitud de servicio.”

Si a esto le añadimos la diferencia en el concepto de frutos y logros, comenzamos a entender cuándo las relaciones que establecemos son verdaderas, auténticas, cuándo éstas nos permiten emocionar a las personas con quienes vivimos. La clave radica en que los logros son individuales, son las “medallas” que nos ponemos a título personal, los premios que uno recibe; sin embargo, cuando hablamos de frutos nos referimos a preservar la calidad de lo que preparamos para otros con la mejor calidad posible. Una calidad que se traduce en cariño, en amor, en pasión por dar lo mejor de nosotros para otros. Porque solo cuando se olvida de sí misma, y se centra en la persona que tiene en frente, la persona alcanza la verdadera plenitud y felicidad de vivir la vida.

Como bien dice Emmanuel Faber en su discurso, no es una cuestión de poder, dinero, o gloria. Más bien tiene que ver con “descubrir cómo la normalidad nos aisla”, porque la normalidad tiene a apagar la creatividad, a anular las emociones porque hay que ceñirse a reglas de curriculum, a normativas de empresa; y un largo listado de tareas que nos convierten en seres humanos comunes y rutinarios. Y sin embargo, solo se consigue la verdadera plenitud, la verdadera felicidad, en las personas que queremos (y en consecuencia, en nosotros), cuando somos creativos, cuando somos alegres, con capacidad para sorprender y asombrar con pequeños detalles cada día que refuerzan esos vínculos tan necesarios. Cuando se es capaz de reconocer a la persona que tengo delante, de generarle esa seguridad, y a la vez esa libertad para que pueda ser quien quiera ser. Emmanuel Faber dice que “He descubierto que se puede vivir con muy poco, y ser feliz.” Efectivamente, porque la cuestión no radica en tener mucho, sino en que lo tengamos sea de calidad. Menos siempre es, y será, más.

No alcanzamos a lograr comprender que las medallas individuales deben quedar atrás, los premios por nuestro trabajo, por nuestras funciones; que todo ello puede estar genial para llenar la pared de nuestro despacho. Pero la verdadera realidad es que no debemos esperar eso; que uno debe vivir con absoluta pasión cada día de su vida, y entregarse a las personas que quiere, generando esa seguridad y esa libertad que tanto necesitamos. Una seguridad y una libertad que nos conduce a un profundo respeto y amor por la persona que tenemos delante, porque lo que pretendemos es que descubra quién es y qué quiere. Porque nadie es en sí mismo; cuando uno consigue vibrar cada día, emociona a quienes están a su lado. Y esa emoción es el paso previo a la mejor sonrisa posible en la cara que tiene en frente.

Que tengan una muy buena semana, un fuerte abrazo, y generen esos espacios de seguridad, de libertad, que tan necesarios son para el crecimiento personal de cada persona.

“…que seamos las relaciones que tenemos, cómo las tenemos y con quién, nos refriega una obviedad que demasiadas veces olvidamos: que hemos venido a este mundo a amar y a ser amados, a dar y a recibir. Todo es amor o bien su negación, que tiene una gama que va desde la indiferencia hasta el odio, siempre tan opuesto y tan próximo al amor. O celebramos el amor o exhibimos a golpes y gritos su ausencia. Ternura y violencia son expresiones puras del mismo deseo y necesidad: el de estar pendiente el uno del otro, ya sea para cuidarnos o hacernos daño, para salvarnos o matarnos. Y como hemos venido aquí a relacionarnos, la educación es el arte y oficio sublime de aprender a hacerlo mientras se enseña, y de enseñar a hacerlo mientras se aprende. Es más verbo que sustantivo, más ejemplo que discurso, vive del hecho y no de la palabra, impone la realidad sobre la idealización. Solo estando de verdad, de todo corazón, siempre, puedes aprender y enseñar a estar.” (Carles Capdevila)
“¿Se está haciendo correctamente lo correcto o mejorando una estupidez?”

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La verdadera victoria

“La competencia que hace crecer al ser humano es la de cada ser humano consigo mismo.” (David Dóniga Lara)

“Saber quién y cómo eres” dos preguntas fundamentales, y que sin embargo en la mayoría de las ocasiones se plantean tarde en el mejor de los casos, y en la mayoría de las personas no tienen la oportunidad de encontrar a otra persona que se las plantee. Dos preguntas que abren la llave a la posibilidad de generar un verdadero y auténtico auto concepto; dos cuestiones que son el pistoletazo de salida para trabajar en el incremento de la auto confianza, de la auto estima, y el enfoque de la atención en lo que realmente importa: tu camino.

No hablo de tu camino de manera individual, egoísta, y que solo lo recorres tú; porque si algo he dicho en numerosas ocasiones es que somos quienes somos, gracias a las personas con quienes recorremos ese camino. Me refiero, más bien, a evitar la comparación, a evitar como dice muy bien mi amigo David Dóniga, “que los demás sean mi instrumento de medida para medir mis logros, para darme valor.” Tendemos siempre a la comparación cuando los niños son pequeños, con frases tan penosas como “eres el mejor”; acompañadas de palmadas en la espalda que se convierten, con el tiempo, en frustraciones de un grado desmedido que no saben gestionar ni controlar.

Como bien me decía una de las personas más especiales que tengo en mi vida, “tienes que tener muy claro quién eres, y cómo eres, porque eso es lo que te permite ponerte en valor, teniendo muy presente qué es lo que mereces y qué no, aplicado a todos los ámbito de tu vida.” De hecho, hablando de lo que merecemos hay una frase que siempre repito a mis alumnos al terminar las sesiones: “No se conformen con menos de lo que merecen.”

¿Por qué? Porque normalmente, se tiende a infravalorar lo que uno tiene dentro de sí, el potencial que hay en su corazón, en su persona, y en lo que puede llegar a ser. Todos necesitamos que se tiendan puentes de conversación verdaderos, mediante el uso de la pregunta como palanca clave, para que suponga una invitación verdadera a recorrer el camino que merecemos disfrutar, y vivir. Porque la vida no se gana, se disfruta. Porque cuanto más se disfruta, más se crece.

Pero al mismo tiempo, es muy difícil disfrutar de la vida si uno no sabe quién es, cómo es, y no la vive con verdadero amor, con verdadera pasión. Porque como dice David, “sacar lo mejor de ti mismo y estar un poco más cerca de tu potencial servirá, a la vez, a los demás, como estímulo y ejemplo de mejora que incentivará su movimiento, provocará su contagio, su contaminación positiva.” Solamente podemos contagiar de esa manera cuando sabemos quiénes somos realmente, qué tenemos dentro que nos hace diferentes, y qué podemos sumar a las personas con quienes compartimos nuestras vidas. Porque los dones, si no son para compartirlos, carecen de sentido.

Y de ese modo, cuando uno entiende que la vida es ponerse “a disposición del rival, del compañero o del amigo al que nos enfrentamos, ya sea para ganar un premio, alcanzar un ascenso o sacar una sonrisa a un niño, implica comprender que, si damos lo máximo de nosotros, exigiremos al oponente que dé lo máximo de sí mismo, y viceversa” (David Dóniga Lara); solo entonces uno logra comprender que ha logrado ser la mejor versión de sí mismo, siempre con la ayuda de las personas especiales que hay en su vida, y con ello ha logrado la verdadera victoria.

Una victoria que sólo será verdadera, que solamente será auténtica, cuando realmente sepas quién eres, y cómo eres. Dos preguntas a las que dar respuesta es una tarea que se logra compartiendo tu camino con personas que te quieren de verdad, queriéndolas escuchar, y hacerles partícipe de tu crecimiento personal. Un crecimiento personal que está plagado de momentos, de conversaciones, de sonrisas, de miradas que no necesitan hablar, de abrazos, besos, reflexiones; que te llevan de manera verdadera, auténtica, a saber quién quieres ser, y cómo quieres ser.

Que tengan una santa Semana Santa, y nunca dejen de sonreír. Siempre hay una persona que necesita la luz de nuestra sonrisa.  Un fuerte abrazo.

“Ganemos o perdamos, ese resultado será anecdótico y celebrado por ambas partes. La verdadera victoria, gracias a ambos, habrá sido ser la mejor versión posible de uno mismo. Ese es el verdadero crecimiento.” (David Dóniga Lara)
“Nunca tengas miedo a tomar una decisión por miedo al fracaso, al “qué te dirán”; si estas convencido de que es lo que quieres, insiste. Ve a por ello, una y otra vez, más aún si tienes claro que vales mucho.”

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¿Aprender ganando o ganar aprendiendo?

Esta misma cuestión me la planteó mi amigo Alex hace unas semanas, y ayer que nos volvimos a juntar con su chica y mi buen amigo David, otra vez salió la cuestión a escena. Además, volviéndome a repetir la misma frase: “Cava, esto da para un post.” Pues sí, tienes toda la razón, y hoy es el día en el que convierto esa pregunta, cuestión, traducida en post.

Enfocándonos en la pregunta, la primera conclusión a la que llegamos es que no significan lo mismo ambos escenarios. El primero parte de la premisa de que solamente aprendo si gano, y con ello descarto cualquier posibilidad de aprendizaje en la derrota. Por el contrario, si atendemos a la segunda parte puede ser engañoso porque el primer verbo que aparece es “ganar”. Si tengo que quedarme con una de las dos (y sé que Alex cuando lea este post, estará esperando que me “moje” al respecto), decido quedarme con la segunda parte: Ganar aprendiendo. ¿Por qué?

En primer lugar, porque al verbo ganar le va implícita una manera muy concreta, que es “aprendiendo”. Además, me recuerda a lo que decía Álvaro Merino acerca de la victoria y la derrota, consistente en que parece que de la victoria uno no puede aprender, cuando en realidad la victoria en sí es una palanca tan potente como el aprendizaje, o incluso mayor, que la derrota. Continuando con la explicación, si va implícito aprender, es que estamos en el camino correcto hacia la victoria, puesto que damos importancia al proceso, al crecimiento diario, a la atención a los detalles, para acercarnos lo máximo posible al objetivo: Ganar. Porque no nos engañemos, jugamos para ganar, y creo que no es pecado decir esto, más bien es ser honestos con uno mismo.

Dicho esto, ¿cómo se desarrolla ese aprendizaje en ese contexto marcándonos el objetivo de ganar? Según Daniel Pink, “existen tres factores que generan motivación en un ser humano: maestría, autonomía, y propósito. El propósito crea una conexión emocional compartida en un grupo de personas. La autonomía se produce cuando esos miembros tienen control sobre su destino. Y la maestría se vincula a esta pregunta: ¿Cómo hacen los líderes para crear un entorno que brinde oportunidad para el crecimiento personal y el desarrollo profesional?”. Y aquí aparece una palabra clave: entorno.

El entorno tiene mucho que ver con la estructura de la organización, y aquí Alfred Chandler (ganador Premio Pulitzer) escribió al respecto que “la estructura sigue a la estrategia”. Por tanto, una estructura incorrecta producirá, en los hechos, una estructura incorrecta. En el caso concreto de los AllBlacks, el diseño de la estructura de su sistema de aprendizaje está comprendido por múltiples niveles de organización. Graham Henry señala que “durante años, la visión inspiradora fue la Copa del Mundo, pero lo pusimos en claro dos años antes. Varias competencias oficiaron de peldaños para ganar y mejorar. Hubo una estructura continua de mejora del equipo, así como hubo una estructura continua de mejora individual.” 

Por tanto, es clave crear un entorno de aprendizaje que haga crecer a los jugadores, a los profesionales, a cada instante, cada día, y cada semana. El aprendizaje, en un entorno desafiante, genera crecimiento, genera aciertos y también errores, propicia la comprensión, la escucha, el análisis, en las dos direcciones: tanto para quien guía esa enseñanza como para quien recibe ese aprendizaje. Por tanto, a mayor calidad en el mensaje, mejor asimilación del contenido, y en consecuencia, más probabilidades de ganar, de conseguir los objetivos marcados.

Si nos centramos en la unidad más pequeña, en la estructura más concreta como puede ser cada jugador, cada trabajador, aparece el concepto tan importante de ganancias marginales que fue clave tanto para el equipo de rugby de Inglaterra, como para el equipo de ciclismo británico. ¿En qué consiste este concepto? Básicamente, en palabras de Woodward, “que el éxito se puede atribuir a cómo un equipo trabaja junto bajo presión, cómo comprendían la importancia del trabajo en equipo y la lealtad, y cuánto estaban dispuestos a hacer cien cosas solo por un 1% mejor.”

En concreto, en el caso del equipo de ciclismo olímpico británico, esos detalles fueron:

  • Cascos aerodinámicos a medida.
  • Calzas, usadas para mantener calientes los músculos entre carreras.
  • Indumentaria resistente a la transpiración.
  • Alcohol rociado en las ruedas para acentuar la tracción en la largada.
  • Almohadas hipoalergénicas para evitar resfríos.

Como muy bien afirma Graham Henry, “hablamos de un entorno de aprendizaje, y de que cada uno mejore y cada uno crezca cada día. Así, si cada jugador mejora un mínimo de 5%, 10%, 15%, el equipo va a mejorar. Si sumamos estos porcentajes colectivos, tendremos algo especial.” 

Por tanto, como conclusión personal con todo lo leído hasta el momento en libros, artículos, sumado a mi experiencia como profesor, entrenador, creo que cuanto mayor es la calidad del aprendizaje que transmitimos a nuestros jugadores, trabajadores, alumnos, mejor es su crecimiento, y por tanto, las probabilidades de ganar aumentan. Pero enseñar no es la mera transmisión de conocimientos. Enseñar es ser capaz, además de compartir contenidos, transmitirlos con verdadera pasión haciendo sentir que verdaderamente crees en ello, que crees en el proceso, que crees en el camino que se está recorriendo, y lo más importante, que crees en ellos.

Enseñar, transmitir, diseñar entornos de aprendizaje, todas estas acciones tienen bajo mi punto de vista dos factores esenciales que van estrechamente unidos: el liderazgo invisible del docente, entrenador, o directivo; y nuestra mirada depositada en ellos. Una mirada que genere confianza para volver a creer en sus posibilidades, una mirada que verdaderamente mientras les hablas les digas que adelante, que hay que ser valientes, que hay que intentarlo si realmente lo queremos y lo deseamos, porque nadie ha conseguido nada a base de miedo. Los objetivos, los partidos, las ventas, se obtienen a base de confianza y credibilidad, valentía y emoción, constancia y solidaridad.

Confianza en todos y cada uno de los componentes, haciéndoles sentir ese grado de credibilidad. Valentía recordándoles que si el proceso está bien diseñado, los pasos en el orden correcto, y los peldaños se suben de uno en uno, los objetivos siempre llegan pero que esto se debe acompañar de emoción. Emoción que uno siente por ver cómo cambia cada día, y cómo te vas transformando en la persona que querías ser, al mismo tiempo que acompañas a quienes están a tu alrededor en esa transformación. Constancia para saber, como dice el lema que tengo en mi pantalla del móvil: Si te rindes hoy, de nada sirvió el esfuerzo que hiciste ayer. Sé imparable. Y solidaridad, para recordar cada día de tu vida, que sin el resto no somos nadie, que todos necesitamos de todos.

Que tengan una muy buena semana, un fuerte abrazo, y sigan creciendo lo máximo posible.

“No son las montañas que tienes por delante las que te fatigan, sino la piedra en tu zapato.” (Muhammad Ali)
“Levántense cada día y sean lo mejor que puedan ser. Sean los mejores del mundo…entreguen todo lo que tengan por cada segundo de cada minuto de los siete partidos que van a jugar. No pueden más-ni menos-que eso. Muchachos, nunca dejen que la música se apague en ustedes.” (Jock Hobbs)
“Cuando el entorno está dedicado al aprendizaje, el resultado llega solo. Los líderes son maestros, nuestra tarea es guiar a las personas a través de la incertidumbre y la confusión hacia el autoconocimiento y el dominio de sí.” (Bill Walsh)
“Lo que dejas atrás no es aquello que queda grabado en los monumentos de piedra, sino lo que queda grabado en las vidas de otros.” (Pericles)

un domingo cualquiera

 

 

Aceptar y amar

“Es difícil conseguir que el bote vaya tan rápido como uno querría. El enemigo, desde luego, es la resistencia del agua, ya que hay que desplazar la cantidad de agua equivalente al peso de los hombros y el equipo, pero esa misma agua es lo que te aguanta y ese mismo enemigo es tu amigo. La vida es igual: los problemas que tienes que superar también te aguantan y te dan más fuerza para superarlos.” (George Yeoman Pocock)

Cada año en la semana que cae mi cumpleaños lógicamente es un motivo de celebración, de encuentro con las personas que más quieres, e incluso puede suceder que no veas a todos los que quisieras. Pero todas esas semanas tienen en común un nexo de unión: la emoción con la que la vivo, y la reflexión que viene al final de esa semana.

No se puede explicar con palabras lo que ha podido suponer en mi corazón esta semana, por las personas con quienes he podido compartir cada día desde el sábado pasado hasta hoy domingo. Momentos increíbles, amor, risas, abrazos, bromas, reflexiones, que me llevan a pensar en lo afortunado que soy, sinceramente. Pero además de esto, quería hoy compartir con el lector una de las ideas más importantes que me ha ha hecho reflexionar en estos días: la aceptación del pasado y de la incertidumbre.

Aceptación del pasado para ser capaz de valorarlo siempre como algo positivo, como una fuente de energía permanente que me lleve a pensar que gracias a lo vivido soy la persona que soy, para no caer jamás en el victimismo. Que me pueda emocionar, sí, pero siempre para darme fuerzas cuando lo necesite. Siempre, para respirar hondo antes de acometer un nuevo reto, mirar atrás en mi particular Everest y decir: Mira todo lo escalado, mira cada paso dado, cada huella dejada en la nieve es una huella que has dejado en las personas que están a tu lado, de la misma manera que tú dejas huella con tu manera ser en aquellas personas que te quieren. Que siempre mirar atrás sea para tener, si cabe, un motivo de más para seguir creyendo en ti más fuerte que nunca.

Y por otro lado, la aceptación de la incertidumbre que a veces intentamos controlar sin darnos cuenta de que es simplemente imposible. El exceso de control a veces puede generar ansiedad, estrés, que nunca ayudan y siempre restan. Sin embargo, si pasamos de intentar controlar a vivirlo todo lo máximo posible, el aprendizaje posiblemente sea mucho más favorecedor para nosotros. Esto me lleva a la frase en inglés que leí en su momento, y que me encanta: “Tú no siempre necesitas un plan. A veces tú solo necesitas respirar, confiar, ir, y ver qué pasa.” 

Con el paso del tiempo, con la ayuda de las personas adecuadas que te quieren, con tu predisposición a aprender de ellos, uno se da más cuenta si cabe de que no hay nada mejor que el amor. No hay motor más potente que amar. Amar tu vida, amar lo que haces, tener un motivo lo suficientemente potente como para levantarte cada mañana de la cama y querer ir a por todas, doblando la apuesta si hace falta. La actitud de quien sabe que lo importante es la dignidad con la recorres el camino de tu vida, y no los resultados finales que vas consiguiendo. El amor te permite aceptar, te permite escuchar, te permite llorar de emoción. Te da la posibilidad de conocer a personas increíbles. De ser respetuoso, comprensivo, y bondadoso con todos los que te rodean.

En la parte final de un documental sobre la vida de Michael Jordan, lo afirmaba de esta manera: “Lo más grande del juego del baloncesto, para mí, es la pasión. El amor que tengo por él. Porque cuando tú amas algo, lo llevas al extremo con tal de mantener el amor. Eso es lo que hace el amor. El amor hace lo necesario para mantener esa conexión. Si no hubiera mantenido este amor, hubiera sido imposible haber alcanzado todas estas cosas en las que hemos estado hablando. Y de verdad, es este amor el que me ha llevado a ser el mejor jugador de baloncesto que podría ser. Ser el mejor en algo implica que tienes que sentir un amor desmesurado para sortear todos los obstáculos que se van poniendo en tu camino. ” Y esto, si me permitís, se puede llevar a todas las facetas personales: amistades, relaciones de pareja, trabajo, deporte. Es necesario sentir amor desmesurado por todo lo que hacemos.

Es ese mismo amor el que nos permitirá, como decía la frase en la pasada jornada de Santo Tomás de Aquino en nuestra universidad, tener “gratitud y perdón por el pasado, pasión por el presente y esperanza para abrazar el futuro.” Y como bien decía el fragmento del nuevo libro de Álex Rovira, de una foto que me mandó una de las personas más especiales que tengo en mi vida: “Por eso no olvidemos nunca amar sobre los tres pilares de los que hablado en estas páginas: ama comprendiendo, cuidando e inspirando. Harás la vida de los demás más plena y, con ello, la tuya.”

Por tanto, llego a la conclusión de cuán importante es la aceptación del pasado desde una perspectiva positiva que te dé fuerzas para seguir creyendo en ti cada mañana, generar amor y magia a cada instante de tu vida regalando momentos únicos a las personas con quienes vives en tu día a día, y estar enamorado de la vida que tienes para que ese amor te de la ilusión, la motivación, necesarias para que en el futuro más próximo que son las próximas horas, como mucho mañana, siga saliendo la mejor versión de ti mismo, la mejor sonrisa, que tus ojos sean auténticos cañones de fuego que generen calor y energía en quien los mira. Porque todos, absolutamente todos, no solamente necesitamos brillar, es que nos lo merecemos. Merecemos un chispazo de alegría que nos haga ver la vida cada día, aún con todas las adversidades que se pueden presentar, como una oportunidad única de aprendizaje y crecimiento personal.

Que tengáis una muy buena semana, os deseo lo mejor hoy y siempre. Un fuerte abrazo, y por favor, nunca dejéis de sonreír.

“Quien ame en plenitud habrá encontrado el sentido de su vida. Amar es vivir y vivir es amar. Amemos mientras vivimos y vivamos mientras amamos. Parafraseando al poeta Miguel Hernández, todos llegamos con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida. Y es nuestra responsabilidad cuidarnos de las tres. Feliz viaje: buena vida, buen amor, buen trabajo y, por supuesto, ¡buena suerte!” (Alex Rovira)
“Nietzsche dijo que debíamos poner en nuestras vidas la seriedad que pone el niño en sus juegos.” (José Ortega y Gasset)
“Siempre he tenido la ambición de ser el mejor constructor de botes del mundo; y sin falsa modestia, creo que he conseguido ese objetivo. Si vendiera Boeings, me temo que perdería el aliciente y me convertiría en un hombre rico, pero en un artesano de segunda. Prefiero seguir siendo un artesano de primera.” (George Yeoman Pocock)



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