Sentirse vivo

“La madurez es la aceptación de la fragilidad que nos anima a hacer de las circunstancias que nos ponen a prueba el punto de partida para la reflexión que las juzga y valora. Es el reconocimiento de los errores y la investigación, a veces infructuosa y fracasada, de la resolución de problemas que la existencia hace inevitables.” (Jordi Nomen)

Resolución de problemas que la existencia, la propia vida, hace inevitables cada día que vivimos. Y ante estos problemas es implícito, necesario, que exista una predisposición en nosotros/as a aprender, a crecer, en definitiva, a madurar. Incluso a veces puede darse el caso de que desconocemos el problema, hasta que lo sentimos, lo percibimos, y es en ese momento cuando somos conscientes que necesitamos aprender a gestionar eso, un “eso” que a veces tiene mucho que ver con lo emocional.

Jamás se me olvidará la primera vez en la que yo fui consciente de que había algo, dentro de mí, que aún estaba por resolver. Me encontraba realizando las diversas pruebas que en este caso la Comunidad de Madrid te realiza, para establecer el grado de discapacidad que tienes. Estas pruebas consisten en entrevistarte, someterte a pruebas, con especialistas como es en este caso un otorrinolaringólogo, un psicólogo y dos personas más involucradas en ese proceso de análisis. Todo marchaba fenomenal, hasta que me senté delante del psicólogo, y me preguntó mi experiencia de vida, qué me había pasado hasta entonces. Es justo en ese momento, en el relato de todo cuanto había acontecido en mi vida, que me sorprendo a mi mismo llorando con una emoción que jamás había experimentado. Estaba sorprendido y emocionado a partes iguales, sin saber por qué me ocurría esto. Comencé a entenderlo cuando me dijo, a modo de pregunta: Es la primera vez que haces esto, ¿verdad?

A veces aprendemos por gusto, porque queremos, porque nos apetece, otras en cambio buscamos las soluciones que podemos para aguantar el tirón como se puede, para llevar la situación de la manera posible convirtiéndola en normal, cuando en realidad no lo es. Superar obstáculos implica a veces, a nivel emocional, poner capas a tu piel, corazas a tu armadura, llámalo como quieras, con el fin último de que quienes te quieren no te vean mal, para evitar preocupaciones, para evitar más momentos de desánimo. Es una posición de total desprendimiento de ti mismo, para ponerte en el corazón de las personas que tienes alrededor con el fin de que no sufran, con el objetivo de que todo se lleve mejor en silencio, como si nada pasase, mentalizándose uno mismo de que cualquier situación tiene solución por negro que se vea, “aunque estés más hundido que el Titanic” como me ha dicho uno de mis mejores amigos esta mañana, hablando de otro tema.

Pero todo este proceso, como bien me explicaría Noe, mi querida Noe, supone sin que te des cuenta un bloqueo emocional espectacular, porque durante muchos años has amortiguado, atenazado, frenado, tus emociones, y eso también afecta a las positivas: “Enhorabuena Pablo, porque eso es sentirse vivo. Todo lo que te está pasando, todo lo que estás recibiendo y aprendiendo de otra/s persona/s, de este momento, es una bendición.” Amortiguas las malas noticias, las transformas en buenas en tu cabeza creyéndotelo como nadie se lo creería para seguir caminando, transformas las burlas del colegio en aspectos que te motiven a seguir adelante; el veredicto de enfermedades, la resolución de una operación que se torna fallida; todo eso lo amortiguas, suavizas el impacto, tus emociones no se desprenden de la misma manera, y eso ayuda a seguir, a que todo parezca normal para las personas que te quieren. Porque siempre he creído que, de lo contrario, se podría generar un círculo “vicioso” espantoso, en el cual jamás he querido entrar. No sé si es lo correcto, o lo erróneo, pero es en lo que creía, que había que salir de ese bache como fuera, aunque por dentro esto implicase una “capa” más.

Por este motivo, de la misma manera que dice Jordi Nomen al principio, es tan importante la aceptación de nuestra fragilidad, la aceptación a fin de cuentas de que nunca es tarde para aprender; como es en este caso, aprender a sentirme vivo. A estar vivo de verdad, y no solo por lo que haya podido leer, estudiar, escuchar, profundizar, desaprender para volver a aprender. Sino también a tu predisposición a conocer personas nuevas, de tu entorno de trabajo que suman a tu ser, a tu esencia, quienes te ayudan a ver la vida de otra manera, que no es ni mejor ni peor, porque tiene más que ver con sentir que con vivir. Antes vivías; ahora sientes que vives. Los abrazos empiezan a notarse diferentes, los besos, las caricias, las miradas, las imágenes que te regala el propio día desde un amanecer (como el que vivimos mis amigos Jorge, Manu, y yo mientras íbamos a la carrera de las aficiones, y que el propio Jorge, en un intento de autoconvencerse por el madrugón diría: “Solo por este amanecer, ya ha merecido la pena.”)

Si tu predisposición en el aprendizaje personal de tu vida es la correcta, un día, sin esperarlo si quisiera, te encontrarás con la persona o las personas adecuadas, que lograrán hacer un click no solo en tu cabeza, sino en tu corazón, ayudándote a sentir más, y mejor, toda la información que le llega a tus sentidos. Información que ahora no tiene que superar capas, corazas, muros, filtros, porque con ese aprendizaje de vida desde una posición de humildad y amor has conseguido cambiar, has conseguido desaprender hábitos (que probablemente en tu momento te ayudaron), para generar otros nuevos que van más acordes con el momento que vives. Lo pasado ayuda a gestionar el presente, de tal manera que nos acompaña hacia un futuro incierto, pero seguramente enriquecedor porque será lo que nos toque vivir, lo que estemos llamados a ser.

Que tengan una muy buena semana, y si aún no sienten lo que es la vida de verdad, comiencen a hacerlo. Emociona, pero es realmente bonito. Un fuerte abrazo.

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Hoy pongo esta imagen, porque la historia que guarda es realmente bonita. Darío Benedetto, jugador de Boca Juniors, perdió a su madre con tan solo 12 años, que falleció mientras veía a su hijo jugar en las competiciones nacionales. El golpe fue tan duro que Benedetto abandonó el fútbol por varios años; pero motivado por su padre y hermanos volvió a los terrenos de juego. Desde ese momento se prometió que haría sentirse orgullosa a su madre en cada partido. Ayer volvió a marcar, en el primer partido de la final de la Copa Libertadores. Hay historias que son lecciones de aprendizaje.

“Ser maduro es respetar y respetarte y ¡entender el niño o niña que llevas dentro cuando negocia con el adulto que quieres ser, y el abuelo sabio que a ambos aconseja prudencia y cordura!”. (Jordi Nomen)

Sentir, entender, y hacer

“Pablo es que por ejemplo, esto que nos estás contando ahora mismo a mi me está encantando, sé que me va a venir muy bien de ahora en adelante, pero también es verdad que nadie hasta ahora nos ha explicado cómo tenemos que hacer esto, ni cómo tenemos que hablar al público, o a otra persona.”

Llevo poco más de un mes con mi grupo de 1º de TEAS (antiguo TAFAD), y en ese poco espacio de tiempo he sido yo el que me he visto sorprendido, con aprendizaje a modo de reflexiones de sucesos que van aconteciendo en clase. El párrafo con el que inicio este nuevo post es una reflexión en voz alta que lanza uno de los alumnos, tras explicarles la manera de proceder en una presentación. Llevaban una semana de presentaciones, en grupos de 2-3 personas con un tiempo limitado, para presentar un tema concreto, y yo mientras tanto en cada exposición había ido tomando nota para posteriormente que ellos tengan el feedback en su email.

Pero aún con todo, creía oportuno que vieran cuáles son los cuatro aspectos que considero claves a la hora de realizar una presentación (mientras ellos iban recordando cómo había sido su presentación), de preparar una argumentación, un discurso, cómo enganchar, conectar, enamorar, a las personas que tenemos delante. Pues bien, el párrafo mencionado anteriormente a mi me deja de piedra y me planteó al instante la siguiente cuestión: ¿Qué les estamos enseñando a nuestros alumnos/as? ¿Qué les estamos transmitiendo a esos niños y niñas que, desde pequeñitos, ya están en la escuela? Si luego resulta que no saben hablar, comunicar, siendo ellos mismos quienes te lo reconocen.

A raíz de esta primera pregunta, comencé a conectar con el Máster Universitario de Humanidades que estoy cursando, y me acordé de la primera clase. En ella nos dijeron que para afrontar los comentarios de texto, los comentarios referentes a una obra literaria, nos debíamos plantear tres cuestiones: 1-. ¿Qué siento? Valorar y comprender. 2-. ¿Qué entiendo? ¿Qué significa? 3-. ¿Qué debo hacer?. Y en realidad, pensé, esto se puede (y creo que se debe) aplicar ya no solo como estudiante, sino como profesor y voy más allá, para la vida en general.

Cuando uno entra a una clase nueva debe valorar a los alumnos que tiene delante, comprender realmente quienes son cada uno de ellos, cuál es su historia, para de esa manera saber qué necesitan para continuar caminando hacia delante. Debo ser consciente plenamente de saber qué entiendo de esta situación, de la persona que tengo en frente, y qué significa para mí, porque la calidad del contenido que transmito está directamente relacionada con lo que él o ella espera de mí, las expectativas que tiene puestas en este proyecto sea del carácter que sea es una información sumamente vital para que se llegue a buen puerto. Y por último, qué debo hacer yo cómo persona, no como profesional, sino como persona.

Porque creo que este es un dato que olvidamos a menudo, unas veces porque no se termina de interiorizar, otras veces porque se pone la excusa de que hay contenido que dar porque luego vienen las auditorías, y un larguísimo etc de excusas para no hacer lo que se debe hacer, que no es ni más ni menos que mantener la balanza en equilibrio. Para conseguir esto debemos tener en cuenta que en cualquier contexto, ya sea una clase, una propuesta de proyecto empresarial; la afectividad, los sentimientos, las emociones, poner en juego mi inteligencia, mi lenguaje, mi diálogo, mi voluntad, mi libertad,  y todo lo que ello implica, me conduce de manera implícita a la búsqueda del bien, porque… ¿qué es lo que determina mi vida? La verdad del bien, la búsqueda de la verdad y del bien.

Esto nos lleva a plantearnos las mismas cuestiones que nos plantearon en esa clase: ¿A qué sabe la vida? ¿Cómo debo vivir? ¿Cómo puedo vivirlo hoy? Y todo ello, para finalizar,  me conecta con Parménides de Elea, quien afirma que “tengo que emocionarme, y saber captar ese destello. La realidad se presenta en unidad.” De la misma manera que esto debemos aplicárnoslo, debemos ser coherentes en la medida en que tratemos de aplicarlo con las personas con quienes vivimos día tras día. Es decir, como bien dice Parménides “si consigo que el mensaje que pretendo transmitir vaya acompañado de belleza, verdad, y bien, estaremos alcanzando la unidad, por tanto tengo un sentido.”

Y encontrando ese sentido a lo que hago, a lo que soy, y para qué estoy aquí, logro la felicidad ya no solo para mí sino para las personas que me rodean. Porque la felicidad “es una consecuencia, si alcanzo una de las tres alcanzo un grado de felicidad.” La realidad ni se puede ni se debe separar, es un compendio de una multiplicidad de factores lo cuales hay que tener en presentes.

Por todo ello, y enlazando con el principio de este post, debemos diferenciar en los docentes cuándo transmitimos instrucciones y cuándo transmitimos cultura. Se entiende por instrucción, según Gustave Thilbon, “cuando hablamos de meter cosas en la cabeza, y tratar la formación humana como “pienso”cerebral”Sin embargo, cuando nos referimos a cultura, aparece como “una creación continua, un alimento que desarrolla y perfecciona al sujeto que la asimila. O como bien diría Eduardo Herriot: “la cultura es lo que queda cuando se ha olvidado todo.” 

Y si esto lo trasladamos fuera de las aulas nos daríamos cuenta, si observásemos nuestro modo de comunicarnos, cuántas veces lanzamos instrucciones dando a entender que sólo nosotros entendemos del tema en cuestión, y cuántas veces comunicamos el mensaje en modo de cultura compartida, con pasión, humildad, y bondad. Les invito a que se analicen, a que se planteen las cuestiones que están en negrita en este post, y probablemente esto les ayude a comprender cuánta diferencia hay entre el profesional, la persona, que creen que son y la que en realidad proyectan.

Que tengan una muy buena semana, y como muy bien dice Gustave Thilbon, “es importante marchar, pero no podemos creer en la virtud infalible del movimiento como tal […]. Rechazamos marchar sobre todos los caminos y tras todos los rebaños. No marcharemos sino a condición de conocer el objetivo y de que ese objetivo sea la verdad y el bien. Si no, y esta palabra toma todo su peso de sabiduría y prudencia en el mundo en que vivimos, no echaremos a andar.” 

“Manejar la palabra es manejar magia.” (Gorgias de Leontinos)
“Solo el hombre virtuoso alcanza la verdad.” (Platón)
El amor tiene tanta fuerza como el destino.

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Ser lo que se ve

“¿Qué es un adulto? Es alguien que está ausente de su palabra y de su vida…y que lo oculta. Es alguien que miente. Miente no sobre esto o lo otro, sino sobre lo que es. Un niño se vuelve adulto cuando es capaz de semejante mentira profunda, esencial.” (Christian Bobin)

Honestidad para saber quién eres, coherencia para proyectar lo que eres, humildad para mantenerte siempre en esa imagen, y “bondad como único símbolo de superioridad“, como decía Ludwig van Beethoven, como leía hace muy poco en unas líneas escritas de una persona a quien aprecio mucho como es Jon Pascua Ibarrola. Cuatro elementos que considero básicos para alcanzar un estado de felicidad, desprendidos de todo y a la vez plenamente conscientes de cada instante. Cuatro contextos en los que, sin lugar a duda, la mentira no tiene cabida.

Porque con la mentira llega la falta de honestidad, la deslealtad, el cinismo, el ventajismo, o como diría el maestro Eduardo Galeano: Perder es el único pecado que en el mundo de hoy no tiene redención. “Yo no creo que valga la pena vivir para ganar, creo que vale la pena vivir para hacer lo que la conciencia te dice que debes hacer, y no lo que te conviene.”  La mentira llega probablemente como el camino corto hacia el ansiado éxito para algunos, para evitar de alguna manera conversaciones, discusiones, reflexiones, o hasta conflictos (sí, también son necesarios) con personas con quienes no queremos, no deseamos, vivir o mantener una situación de ese tipo, por las consecuencias, por el qué dirán, o por lo que pueda suceder cuando esa conversación, esa discusión, o ese conflicto, llegue a su fin. Por todo ello, preferimos la mentira, hacer parecer lo que no es, hacer ver lo que verdaderamente no es.

No es cuestión de romanticismo, de misticismo, o filosofía elevada a la metafísica, sino que más bien tiene que ver con aquello que nunca se debió perder en la búsqueda de la felicidad. Porque la felicidad no está fuera, no está en el contexto, ni en las posesiones, ni tan siquiera en las amistades, está en nosotros y nosotras como punto de partida. Me explico. Cuando uno sabe quién es, lo asume, lo interioriza, y lo proyecta; es feliz porque no se ve forzado a hacer o decir nada que no esté en la misma línea de ese modo de vida que lleva cada día.

No tiene problema en esperar, porque sabe que todo llega cuando toca y no cuando uno realmente desea; no ve inconveniente en hablar, cuestionar, discutir, aportar, argumentar sin miedo alguno a la consecuencia porque elegirá siempre las palabras correctas sin dejar que la ira, la tensión, el nerviosismo, la mala percepción a la que te lleva un estado inadecuado emocional; sino que puede permanecer en un estado de completa Cabeza Azul, como explicaría mi buen amigo Álvaro Merino en una de sus ponencias argumentadas en un trabajo de estudio y análisis sobre los AllBlacks. Tiene mucho que ver con nuestra manera de mirar a la vida, y no con cómo percibimos o cuestionamos que la vida nos trata a nosotros.

Varias veces (anoche en la cena con un amigo increíble) me han dicho que es difícil que a mi la vida me vaya mal, porque aún cuando lo he estado, mi sensación es que estaba bien. El argumento que yo le di fue el siguiente: “Este año, para mí, ha tenido un aprendizaje muy potente que me ha marcado, sin duda, y que me permite vivir tranquilo siendo como quiero ser, como soy feliz siendo y viviendo. He aprendido que no somos nada, en comparación con la inmensidad que nos rodea, y que verdaderamente aquí estamos de paso, para dejar un legado, un servicio, una enseñanza. En el momento que eso suceda, nuestra tarea habrá acabado, finalizado, y nos iremos. No sé dónde, ni en qué forma, pero nos iremos. Te pongo un ejemplo a algo que yo he dado vueltas, como es el camino hacia el Doctorado. Un Doctorado que, en muchas ocasiones, está valorado como algo pesado, que genera cansancio, por todo lo que se debe cuidar, hacer, cada curso. Pues bien yo lo enfoco desde otro prisma, otra perspectiva: No solo conseguir el Doctorado, sino mantenerlo a la altura que corresponde, es la única manera de que mis alumnos/as crezcan. ¿Por qué? Porque mi doctorado no es para mí, es para ellos y ellas. Mi Doctorado se traducirá en experiencias, vivencias, horas de estudio, de reflexión, de análisis, de congresos, y de experiencias. Todo ello lo trasladaré cada año, cada curso, a mis alumnos y alumnas, para aportarles (o intentarlo al menos) un significado especial, un plus, un añadido, que suponga un valor añadido en algún momento de su vida más adelante. Si enfocas el doctorado de esa manera; todo adquiere sentido, que no es otro que dejar un legado.”

Recordando las palabras de Christian Robin del comienzo de este post, jamás podemos permitirnos estar ausentes de nuestra palabra, de nuestra vida, y mucho menos ocultarlo. Estar en posesión de tu palabra, ser dueño y no esclavo de lo que dices, te permite aceptar con absoluta humildad la vida que vives, y que sabes que debe ser aprovechada primero para seguir conociéndote, porque solo en esa reflexión interna llegamos a las personas con quienes vivimos, generando los contextos necesarios para el crecimiento, para ayudar a creer y en consecuencia a crecer. Y esa vida plena solo se consigue con una herramienta: Amor. Porque como dice genialmente Christian Robin, “el amor no ensombrece lo que ama. No lo ensombrece porque no intenta tomarlo. Lo toca sin tomarlo. Lo deja ir y venir. […] El amor es libertad. La libertad no va con la felicidad. Va con la alegría. La alegría es como una escalera de luz en nuestro corazón. Conduce hasta mucho más arriba que nosotros mismos, hasta mucho más arriba que ella misma: hasta donde no hay nada más que atrapar, salvo lo inatrapable.”

En conclusión, esa manera tan auténtica de vivir, que genera paz y tranquilidad, solamente se logra cuando eres honesto, eres coherente, eres humilde, y tienes presente que la bondad es el único símbolo de superioridad que puede existir. La calidad de tu persona se traduce en la calidad de tus relaciones, de tus amistades; atraes lo que iluminas; conectas con aquello que ayudas a brillar. Recuerda, eres las experiencias que otras personas te han regalado, y gracias a los contextos que en su momento generaron para que tú crecieras. Tenlo presente.

“Ilumina lo que amas sin tocar su sombra.” (Christian Bobin)

Que tengan una muy buena semana, y disfruten de la vida. Un fuerte abrazo.

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Lujos transformados en necesidades

“Una de las pocas leyes rigurosas de la historia es que los lujos tienden a convertirse en necesidades y a generar nuevas obligaciones. Una vez que la gente se acostumbra a un nuevo lujo, lo da por sentado. Después empieza a contar con él. Finalmente llegan a un punto en el que no pueden vivir sin él.” (Yuval Noah Harari). 

¿Curioso verdad? Lo que en un principio era algo, ya fuera una lavadora, un coche, o mismamente un teléfono móvil, que satisfacía nuestras necesidades de una manera eficiente resulta que pasado un tiempo no podemos vivir sin él. ¿Nos hemos dado cuenta de lo dependientes que nos hemos vuelto con el paso del tiempo? ¿Somos conscientes de que, precisamente el teléfono móvil, en vez de generarnos tranquilidad por poder comunicarnos con quien estimemos oportunos muchas veces nos genera estrés que desemboca en enfermedades?

Si echamos la vista atrás, ¿quiénes vivían una vida más relajada, nuestros antepasados o nosotros?¿quién tenía una mayor calidad de vida? Y siendo más concreto aún, ¿tú crees que tienes ahora mismo calidad de vida? Es sorprendente, o al menos para mí lo es, darte cuenta de cómo ha evolucionado el ser humano con el paso del tiempo, y lo mal que elegimos, lo mal que tomamos las decisiones probablemente porque es la sociedad quien toma las decisiones por nosotros.

Por poner otro ejemplo, reflexión que viene en el mismo libro, ahora todo el mundo está obsesionado con viajar, las empresas ya no organizan viajes sino que regalan “experiencias”, todo idealizado en un contexto determinado, con una ruta de tal tipo, comidas aquí, cenas allí, visualizar la puesta del sol en un lugar concreto. “Experiencias” que se han incrustado de tal manera en la sociedad, que ahora ya se da por hecho que si existe una crisis de pareja, adivinad: ¿Qué ciudad eligen para intentar solucionar dicha crisis? Exacto, probablemente será Venecia o París, una de las dos. Y todo esto, el avance tecnológico, la manipulación del mercado hacia la sociedad para incrementar el consumismo intentando conocer al detalle a cada cliente me lleva a pensar lo siguiente: Qué predecibles y qué cómodos nos hemos vuelto.

Cómodos porque ahora con un click (ya no tienes ni que marcar contraseña, con poner la huella es suficiente) tienes acceso a aplicaciones que te ayudan a: Encontrar un compañero/a de piso; un coche nuevo o semi-nuevo; comida del tipo que quieras y que te la traigan a casa; un seguro de hora, un piso, vacaciones, viajes, y así podríamos hacer la lista tan extensa como quisiéramos. Y predecibles porque somos incapaces de tomar una decisión por nosotros mismos, estamos influenciados sin darnos cuenta desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. El mero hecho de ir de vacaciones fuera, ya sea a otra localidad o al extranjero, es un proceso que se ha convertido en cotidiano en la sociedad por ley, por decreto, casi de carácter obligatorio y que se llega a mirar mal al que no se va, o en definitiva, al que no hace lo que el 90% de la sociedad sí realiza.

Con esto no quiero decir que esté en contra del avance tecnológico, en contra de las nuevas “experiencias”; para nada. Lo que sí creo es que la sociedad, el ser humano lejos de hacer por evolucionar su carácter, su personalidad, para de esa manera mejorar la calidad de sus decisiones, se ha dejado llevar de la misma manera que las hojas que caen del árbol en el agua del río que pasa por allí fluyen, hasta que todas llegan a la desembocadura del propio río. Sin la más mínima intención de opinar, de ser diferente, de generar situaciones nuevas, conversaciones distintas.

Y el mayor problema que veo, lo que más me preocupa, es que toda esta evolución de todo lo que nos rodea en realidad nos ha alejado más aún, si cabe, de aquello que jamás debíamos habernos separado tanto: las personas con quienes convivimos día tras día. Porque son esas personas las que nos pueden aportar puntos de vista diferentes, cariño, amor, ternura, simpatía, discusiones constructivas que nos permiten crecer, conflictos que nos ayudan a resolver circunstancias laborales; personas que nos ayudan a encontrar nuestro talento, que nos ponen en nuestro camino para que desarrollemos todo nuestro ser. De todo eso, tristemente siento decir, que conforme más avanza la sociedad y el contexto que nos rodea, más distante nos encontramos.

¿Qué incoherencia verdad? Sin darnos cuenta todas las aplicaciones mencionadas anteriormente probablemente han quitado de un plumazo, en la misma pareja mencionada más arriba que se encontraba en crisis, experiencias del día a día como ir a hacer la compra, elegir en la tienda un sofá, ir a probar ropa nueva para un determinado evento; nos hemos quedado sin esas experiencias cotidianas para un tiempo más adelante buscar una “experiencia espectacular que solucione tu crisis” y para ello nos toca recorrernos un montón de kilómetros, con la única finalidad de cumplir un guión que ya viene establecido, que ya viene marcado, que es “lo típico” cuando verdaderamente si hay algo que funciona es ser único, diferente, y especial. Y eso, precisamente, no está en ninguna aplicación, en ningún medio tecnológico; está en ti, en tu persona, en tu ser, ahí es donde está tu magia.

Que tengan una muy buena semana, un fuerte abrazo. Y como reflexión, que intentemos que nuestras decisiones estén a la altura de los tiempos que vivimos.

“Regala tiempo. No hay nada más bonito que un nuevo abrazo. Una charla. Un café o cerveza. La buena compañía no se puede comprar.”

A FIN DE CUENTAS

Me prometí tomar una gran decisión todos los días. Y no me ha ido mal. A fin de cuentas, cada mañana salto de la cama y me digo, mientras pongo en marcha la cafetera: Vivir es perdonarse la vida cada día. Toma el café tranquilo.”

“PUENTE DE SUEÑOS

Hay un puente de sueños que une las hazañas de los hombres con el sacrificio secreto de los héroes, y sobre él los brazos que se elevan, los brazos del que sabe que no hay victoria si no es para los otros ni derrota sino para uno mismo.”

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Aceptar

“Vivir en la más eterna libertad, decidiendo por nosotros mismos quiénes somos y cómo queremos vivir nuestras vidas.” (Jon Pascua Ibarrola)

¿Cuántas veces somos, verdaderamente, dueños de nuestras decisiones? Y yendo un poco más allá, ¿cuántas veces dejamos a los que nos rodean que sean los protagonistas de sus vidas? Con el tiempo, en los últimos meses, me he dado cuenta de la importancia que tiene el verbo aceptar, de la conexión que existe entre aceptar y comprender. Y que cuando logras que estos elementos encajen, entiendes y ves la vida de otra manera completamente distinta.

En primer lugar, porque terminas por entender que los acontecimientos a veces pasan porque deben pasar, y que la paradoja que tantas veces escuchamos de “todo sucede como conviene” cuesta entenderla, pero de verdadera lo tiene todo porque hay fuerzas que son superiores a nosotros/as. A veces los logros, los fracasos, los encuentros, los desencuentros, no llegan cuando uno quiere sino simplemente cuando toca. ¿Y qué podemos hacer nosotros? Aceptar; y esto no implica hacerlo desde una actitud pasiva, simplona, y común. Más bien tiene que ver con entender cómo a veces, los tiempos que uno se marca, no se corresponden con los tiempos naturales de los procesos.

No logramos entender que los procesos se aceleran, desaceleran, se estancan en espacios de tiempo que a veces se hacen eternos, y que todas esas velocidades a nosotros se nos escapan de las manos. No manejamos el acelerador, pero sí el volante durante el transcurso de nuestro viaje, y de ahí la importancia de disfrutar del paisaje durante ese viaje. Qué importante es nuestra actitud ante la vida, ante ese transcurso de los días, con el fin de sacar lo mejor de ellos, aunque no estemos bien. Pero en el momento que alcanzas a comprender que no vive mejor quien más vive, sino quien mejor contempla lo que pasa a cada instante, en ese preciso instante la vida se vive de otra manera.

Escuchas mejor, percibes mejor, atiendes más tiempo a todas tus tareas, eres mucho más eficaz en cada tarea que haces, y tu capacidad de mantener la atención, la concentración, aumenta porque el tiempo ya no te controla a ti, ni tú controlas el tiempo, simplemente vives. Por otro lado, si pasamos de poner el foco en nosotros, a poner la atención en las personas que tenemos a nuestro lado, ¿cuántas veces ha habido puntos de vista que no entendíamos, y que son motivo de discusión con esa persona? Los malditos estereotipos, los horribles prejuicios, y el mal arte de criticar absolutamente de todo y de todos está haciendo más daño del que nos podíamos imaginar. A lo mejor no es un problema de análisis nuestro, sino más bien un problema de aceptación y comprensión.

Parece que cuesta aceptar que cada persona es dueña de su vida, y que lo que verdaderamente importa es que esa persona (más si cabe si la queremos, y la consideramos parte importante de nuestra vida) sea feliz, en el más absoluto sentido de la palabra. Y ese gesto, ese simple hecho, implica al mismo tiempo aceptar que lo que ella decide es lo que verdaderamente le hace feliz. No se trata de amoldar a un amigo o amiga a como somos nosotros, sino más bien aceptar su realidad, aceptar su forma de mirar a la vida, aceptar el momento que vive en su proyecto de vida, y en esa aceptación, apoyarle. Eso sí es querer a una persona.

La gran mayoría de las discusiones tienen su origen, sencillamente, en puntos de vista diferente. No logramos nunca alcanzar a entender, bien sea por exceso de ego, falta de humildad, o por ambos, que nadie jamás tendrá la certeza absoluta sobre nada al mismo tiempo que deberíamos empezar a comprender que cada persona toma sus decisiones en base a sus experiencias vividas, que no son ni mejores ni peores que las nuestras, tan solo son las suyas, y con las que han conformado al mismo tiempo su manera de ver y vivir la vida. Si algún día logramos cambiar nuestra mirada, el modo en que conectamos con las personas, y comenzamos a entender que en la singularidad de cada persona está su belleza, probablemente comencemos a darnos cuenta de que cada persona con la que estamos es una oportunidad única e irrepetible de crecimiento, de aprendizaje, y de mejora para nosotros/as.

Que tengan un muy buen final de semana, y recordad, quien verdaderamente tiene magia en su personalidad, no necesita trucos. Un fuerte abrazo.

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“Vivir la vida desde la pasión y el corazón. Vivir en la más eterna libertad, decidiendo por nosotros mismos quiénes somos y cómo queremos vivir nuestras vidas. Disfrutar del camino sin olvidar el destino. Ítaca debe de permanecer siempre en el horizonte.” (Jon Pascua Ibarrola)
“La salvación del hombre consiste en el amor y pasa por el amor. Comprendí que un hombre despojado de todo todavía puede conocer la felicidad-aunque sea solo por un instante- si contempla al ser amado. Incluso en un estado de desolación absoluta, cuando ya no cabe expresarse mediante una acción positiva, cuando el único logro posible consiste en soportar dignamente el sufrimiento, en tal situación, el hombre es capaz de realizarse en la contemplación amorosa de la imagen de la persona amada.” (Viktor Frankl)
“Los supervivientes de los campos aún recordamos a los hombres que iban a los barrancones a consolar a los demás, ofreciéndoles su único mendrugo de pan. Quizás no fueron muchos, pero esos pocos son una muestra irrefutable de que al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la libertad humana-la libre elección de la acción personal ante las circunstancias-para elegir el propio camino.” (Viktor Frankl)

 

 

Nuestra mejor herramienta

Si uno se detiene a analizar la manera en que se puede desarrollar la cooperación entre un grupo de personas, o una interacción entre dos personas, observa cómo la comunicación aparece como elemento indispensable y clave para que entre esas dos personas termine existiendo una óptima relación de entendimiento y comprensión; de la misma que es igual de trascendental o incluso más compleja (por el hecho de que existan más personas involucradas en el proceso) cuando se trata de que la cooperación que aparece en un grupo de trabajo culmine en un resultado productivo para todos.

Recuerdo que hace un tiempo escribí en este mismo blog un post sobre la comunicación, sobre la importancia de qué decir, cómo transmitir el mensaje, y varios puntos más a tener en cuenta para saber cómo hablar, pero se me plantea una pregunta: ¿Cómo escuchamos? ¿Cuánto de importante es hablar, en lugar de escuchar?; y yendo un poco más allá, ¿cuál es la calidad de las preguntas que lanzamos? Hoy comparto con usted, querido lector (espero que esté disfrutando de unas merecidas vacaciones), tres historias que nos confirman ese grado de importancia que tiene la escucha en un proceso tan apasionante como complejo, porque probablemente sea nuestra mejor herramienta: la comunicación.

Aproximadamente en el año 1925 se funda Bell Labs, con el propósito de desplegar una red de comunicaciones nacional, y para ello se convierte en el lugar clave de equipos de genios que duraría hasta la década de los 70, y desarrollarían el transistor, las redes de datos, los paneles solares, el láser, los satélites de comunicación, la computación binaria; en resumidas cuentas casi todos los dispositivos que ahora usamos. Pues bien, a la hora de revisar quiénes habían sido los científicos que habían hecho posibles más patentes, encontraron que había un nexo unión, un punto común, y es que todos esos científicos tenían la costumbre de almorzar en compañía del ingeniero sueco Harry Niquist. Y casualmente, era alguien a quien nadie prestaba la menor atención por su forma de vida; por tanto, ¿qué le hacía especial?

Sus dos cualidades principales eran: la calidez (hacía que los demás se sintieran apreciados) y una curiosidad insaciable (“Hacía que la gente se parase a pensar.”). Para entender la importancia de Niquist un poco mejor, nos trasladamos a la oficina de IDEO localizada en Nueva York, con Roshi Givechi. cuya relevancia en cada proyecto es asombrosa por su capacidad para sacar a los equipos del bloqueo. Ella misma se define de la siguiente manera:  “Soy de los que escuchan y hacen preguntas. Por lo general, son preguntas que podrían parecer obvias, simples, o innecesarias. Pero me encanta hacerlas porque quiero entender qué es lo que ocurre de verdad. Para mí, todas las conversaciones son iguales, porque se trata de ayudar a los además a seguir adelante más concienciados, animados y motivados para conseguir un efecto. Porque todos somos distintos. Así que tienes que buscar distintos modos de hacer que la gente se sienta lo bastante cómoda para contarte lo que de verdad piensa. No es una cuestión de firmeza, es un proceso de descubrimiento. Para mí, se trata de hacer las preguntas adecuadas de la manera correcta.”

Preguntas adecuadas de la manera correcta; esta parte es sencillamente increíble. ¿Cuántas veces hablamos por hablar? ¿Estamos analizando lo que nos cuenta la persona que tenemos delante? ¿Hacemos un esfuerzo verdadero por conocerla, para saber cómo llegar a ella? ¿Qué postura adoptamos mientras escuchamos? ¿Con nuestra postura corporal estamos lanzando el mensaje de “esto me aburre de manera insospechada”, o por el contrario le estamos diciendo a la otra persona “esto me interesa mucho, y vamos a ver cómo podemos llegar a buen puerto”? Cuidado no sólo con cómo enfocamos nuestras conversaciones en lo que decimos, sino además (y más importante aún, porque lo hacemos de manera inconsciente), con el mensaje que lanza nuestro lenguaje corporal en dicha comunicación.

Normalmente tanto Nyquist como Rosi tienen en común esa pausa, ese momento de conexión vulnerable y auténtica, pero ¿cómo y por qué se produce? La respuesta nos la da el doctor Carl Marci, con unos momentos especiales que se producen en las conversaciones, y a los cuales les dio el nombre de concordancias. “Las concordancias se dan cuando alguien reacciona de manera sincera ante la emoción que se proyecta en la sala-dice Marci-. Se trata de comprender de una manera empática y hacer algo, en términos de gestos, comentarios, expresiones, que origine una conexión.” De hecho, durante una de las conversaciones grabadas en dicho estudio que lleva a cabo el doctor Marci se observa cómo una de las personas adopta una postura de predisposición total a la escucha, que consiste en una atención constante, manos recogidas en el regazo, ojos bien abiertos, asiente con la cabeza, y con ello comienza esa conexión con la persona a quien está escuchando. Como afirma Marci, “No es accidental que la concordancia se produzca cuando una de las dos personas habla y la otra escucha. Es muy complicado ser empático mientras se habla. Hablar es muy difícil porque hay que pensar y planear lo que se va a decir,  y muchas veces uno se queda atascado dentro de su propia cabeza. Pero eso no pasa al escuchar. Cuando uno escucha de verdad, se deja llevar. Pierde la noción de sí mismo, porque ya no se trata de él; se trata de esa tarea, la de conectar de verdad con esa persona.” 

Si todo esto lo unimos a lo que tanto hemos recordado en numerosas ocasiones, que tiene que ver con ese liderazgo invisible, con esa idea de líder que trata de hacer funcionar todo lo que le rodea de la mejor manera posible, sin que su presencia se note, se puede confirmar que la escucha, la observación atenta, el análisis exhaustivo de todo cuanto le rodea a cada instante, son capacidades en las cuales se debe adquirir una notable maestría. Porque no hay duda alguna en que no hay mejor manera de llegar a las personas con quienes convivimos, día tras día, que hacerlas sentir que para nosotros/as son importantes, que nos importan, que las queremos, y que nos ocupamos de ellos/as. Y para eso es indispensable dejar de escucharnos a nosotros mismos, para pasar a escucharles a ellos, para que se produzca esa conexión mágica que tiene más que ver con el nosotros que con el yo individual; porque la vida, compartida, sabe doblemente mejor.

Que tengan una muy buena semana, y para quienes estén en la playa no olvidarse de la crema. Disfruten de la vida, un fuerte abrazo.

“Con frecuencia llega un momento en el que ocurre. Se produce un cambio acelerado en la relación cuando eres capaz de escuchar de verdad, de estar extraordinariamente cerca de la otra persona. Es un auténtico logro, del tipo “estábamos así, pero ahora vamos a interactuar de otra forma, y ambos somos conscientes.” (Doctor Carl Marci)
“La clave es el término sutilidad-Afirma Abrahamson-. Rossi no tiene pretensiones y desarma a la gente porque siempre se muestra receptiva, escucha y se preocupa. Tiene la habilidad de saber parar, de dejar a un lado aquello en lo que tenga ocupada la cabeza para poner toda la atención en la persona y en la pregunta en cuestión y ver adónde lleva esta. No trata de arrastrarte hacia ninguna dirección en concreto. Realmente considera la situación desde tu perspectiva, y ahí es donde radica su don.” (Sobre Roshi Givechi).
“A Nyquist se le daba muy bien una cosa que Bell alentaba mucho por aquel entonces; que la gente que trabajase en la disciplina que fuese, en el proyecto que fuese, conversara sobre su trabajo con alguien que estuviera investigando algo que no tuviese nada que ver, con el fin de ver las cosas desde otra perspectiva. La gente como Harry Niquist podía entender lo que otro estaba haciendo, proponerle nuevas ideas y preguntarle: ¿Por qué no pruebas esto otro?” (Bill Keefauver, sobre Harry Niquist.)

sub 20 femenino

PD: Enhorabuena por ese pase a la final 😉

¿Mejoramos mientras crecemos?

“Hace algunos años, el diseñador e ingeniero Peter Skillman organizó un certamen. A lo largo de varios meses, reunió a una serie de grupos de cuatro personas en Stanford, la Universidad de California, la Universidad de Tokio y varios lugares más. Desafió a los distintos grupos a que construyeran la estructura más alta posible con los siguientes elementos: -Veinte espaguetis sin cocinar. -Un metro de cinta adhesiva transparente. -Un metro de cuerda. – Un malvavisco de tamaño normal. El certamen tenía una regla: el malvavisco debía ir en la cúspide. La parte fascinante del experimento, sin embargo, tenía que ver no tanto con la tarea en sí como con los participantes. Algunos de los equipos se componían de estudiantes empresariales. Otros, de niños de preescolar.” (Si desean saber el desenlace de la prueba, les animo a continuar con el post; probablemente varios de ustedes se sorprendan.)

La semana pasada, aproximadamente a estas horas, poníamos rumbo a nuestro último día de congreso en la Universidad de Diderot, en París. Cuando estábamos llegando a la puerta, me llamó la atención un grupo de niños jugando al fútbol con una alegría desbordada, sin miedo al fallo o al error, y por supuesto emulando a los que recientemente se habían proclamado campeones del mundo, como eran Mbappé, Pogba, o Griezmann. Una imagen que emocionó porque hacía mucho tiempo que no la veía, por desgracia, y porque me recordaba a aquellos momentos en los que era yo en mi barrio quien jugaba al fútbol con los amigos, mis momentos favoritos de mi infancia.

Automáticamente enlazaba esa imagen con la cena que tuve con dos grandísimos amigos hace dos semanas, y en la que hablamos entre otros temas del miedo, del famoso miedo. Y más en concreto aún, de cómo y cuánto cambiamos conforme crecemos, lo que me llevaba a la siguiente pregunta: ¿verdaderamente evolucionamos mientras avanzamos en edad? Porque yo, honestamente y viendo ciertas situaciones, leyendo determinados estudios, tiendo a pensar que no, que hay algo que estamos haciendo mal, muy mal. ¿Por qué pienso esto? Si nos detenemos un momento a analizar, observar, podemos darnos cuenta fácilmente que cuando somos niños/as, no tenemos miedo al error, a equivocarnos, del mismo modo que vivimos la vida con alegría, con entusiasmo, con asombro, nos emocionamos con cada pequeño detalles; y así podría seguir con una lista que se antoja demasiado extensa.

¿Qué sucede cuando vamos acumulando años? La realidad es que, lejos de evolucionar, involucionamos. Es decir, comenzamos a tener prejuicios que antes no existían, desconfiamos por completo de nuestras capacidades, aparecen las inseguridades, los miedos acompañados del “y si…”; la calidad de las relaciones personales empeora porque no sabemos comunicarnos, aparece un desmesurado ego que impide disfrutar de la compañía de las personas que tengo a mi alrededor, no sé cómo disfrutar del momento porque siempre estoy pensando en lo que está por venir, dejo de tener tiempo para atender a un simple mensaje o una llamada porque “estoy hasta arriba de trabajo”; pérdida de consciencia en la escala de prioridades de qué es importante y qué no; nuestra capacidad para relativizar los problemas acorde a la importancia de los mismos…Y así, suma y sigue, pero un momento…¿no deberíamos para entonces saber gestionar todo esto? Entonces, ¿para qué nos han educado?

Esta es la pregunta, la conclusión a la que llegué después de esa cena. El niño/a involuciona, pierde esas capacidades para a partir de un punto de inflexión que, casi con toda seguridad, a todos nos llega en un determinado momento, volver a recuperar ese territorio perdido mediante un entrenamiento personal de la mente, una reorganización de su vida, con el fin de recuperar la orientación que probablemente hace muchos años que perdió. Si este patrón se conducta se repite tan a menudo, ¿para qué educamos en la escuela primero, en el instituto después, y posteriormente en la Universidad? La pregunta ideal sería: Para la vida. Pero es mentira, está claro que hay algo que se nos escapa, que falla por completo, porque a la vista está que hay mucho por mejorar en la sociedad que tenemos. Jóvenes que no saben que quieren hacer con su futuro, desconocen tan siquiera si tienen talento o no, no saben afrontar una mera conversación con otra persona porque son inseguros a la par que desconfiados. Por este mismo motivo, honestamente creo que se ha educado y se educa en muchos casos, para adquirir un título académico creyendo que eso facilitará la incursión en la vida profesional, pero verdaderamente no educamos para la vida.

No terminamos de comprender que lo personal y lo profesional van de la mano, por un motivo tan sencillo como que el desarrollo personal implica el desarrollo de habilidades sociales, la capacidad de generar auto conocimiento y auto confianza en las personas a quienes educamos, y esto nos permitirá con toda seguridad guiar a cada niño/a hacia su talento (que como bien diría nuestro querido José Antonio Marina, es la inteligencia bien dirigida). En lugar de adaptar al niño a nuestro modelo de enseñanza, deberíamos adaptar el modelo de enseñanza a nuestra clase observando qué perfil de alumnos/as tenemos, cuáles son inquietudes, sus habilidades, preferencias, y en base a ello, diseñar contextos que sean los suficientemente retadores como para que ellos y ellas, nuestros alumnos, formen parte de ese proceso.

Probablemente usted, querido lector, se pregunte cómo hacer esto. Aquí van mis reflexiones que comparto con todos y todas:

Nunca perder la alegría. Estamos muy equivocados pensando que, si nos reímos, si se ve disfrutando a un chico en clase, es porque el profesor no es serio o el entrenador no es serio. De la misma manera que estamos acostumbrados a escuchar: Hay que ganarse la vida. No, la vida está ganada desde el momento en que aparecemos en ella, porque somos conscientes de que cada día es un propio reto. La vida no se gana, la vida se disfruta, porque solo se vive una vez, y no hay mejor manera de aprovecharla.

Cambiar la imposición por la cuestión. Modificar nuestro lenguaje, cambiando las imposiciones por las preguntas. No dar las respuestas sino , más bien, plantear cuestiones que hagan al alumno tomar decisiones. De esta manera no solo estaremos enseñando al alumno a reflexionar, que es importante, sino mejor aún, aprenderá a ser responsable en base a las decisiones que toma.

Cariño sí, protección no. Es difícil evitar la protección (imagino) porque el cariño a veces impide activar ese mecanismo, pero creanme que hacemos un flaco favor protegiéndoles de absolutamente todo, de las caídas de una bicicleta, del coscorrón con el pico de una mesa. Con esto no digo que haya que propiciar que el niño termine hecho polvo cada semana, magullado y con heridas, pero detengámonos un momento. ¿Acaso la vida de adulto o adolescente no tiene peligros? ¿No será mejor que aprenda de pequeño a evitar el pico de una mesa mirando una vez que se ha dado la primera vez, o tomando verdadera precaución cada vez que monte en bicicleta o con el patinete? ¿Queremos adultos responsables o queremos cargar con su responsabilidad toda la vida?

Animar sí; validación constante, no. Es vital generar confianza en nuestros alumnos, mediante el correcto lenguaje que genere un incremento en su auto confianza en ellos y ellas, pero más importante aún es generar eso mismo con hechos, con actos cotidianos del día a día. La frase aplicable a un vestuario de: “los jugadores escuchan el primer día lo que dices, y a partir del segundo día escuchan lo que haces”; es perfectamente aplicable al contexto de la educación. De nada vale la constante validación, porque eso solo alimenta su ego haciéndoles creer que todo lo hacen perfecto, que son los mejores, que son muy buenos, y que no cometen ningún fallo.

-Y por último, pero no por ello menos importante; todo lo anterior aplicárnoslo a nosotros. Es decir, transmitir pasión por aquello en lo que trabajamos cada día, mostrando alegría, verdadero disfrute, siendo humildes en todo momento entendiendo que el principal protagonista de ese proceso son ellos, porque es su aprendizaje, es su crecimiento, lo que está en juego. No debemos diseñar las clases, o los entrenamientos, a la espera de una validación externa o premio; sino más bien con la última finalidad de enseñarles las mejores herramientas posibles para que, poco a poco, se reconozcan, sepan quienes son, para qué están aquí, y qué pueden aportar ellos a esta sociedad.

Como diría la canción de Café Quijano; déjame que pueda ser, el que siempre quise ser. Nada más, y nada menos. Les deseo un feliz fin de semana, y en especial para toda la comunidad de nuestra Universidad Francisco de Vitoria, profesores, personal de secretaría y administración, personal de mantenimiento; que tengáis unas grandísimas vacaciones, que las disfrutéis, y sirvan para volver con las pilas cargas. Gracias a todos y todas, por tanto.

Un abrazo muy fuerte, y disfruten de lo que la vida les regala a cada momento.

*¿Adivinan ya quienes ganaron el certamen? Efectivamente, los niños de preescolar. ¿Por qué? Aquí les dejo la explicación del autor: “Este imposible, como todos los imposibles, ocurre porque nuestros instintos nos llevan a centrarnos en los detalles equivocados. Nos centramos en lo que vemos, en las habilidades individuales. Pero las habilidades individuales no son lo que cuenta. Lo importante es la interacción.” (Daniel Coyle).

“No hay mayor ilusión que el miedo, ni mayor error que disponerse a la defensa, ni mayor desgracia que crear un enemigo. Quien pueda ver más allá del miedo siempre estará a salvo.”
“El desarrollo pleno de la persona pasa, pues, por el descubrimiento del sentido. Lo que supone que nuestro desarrollo nos hace cada vez más capaces de plantearnos las preguntas adecuadas. El asombro, la actitud de sorpresa ante la realidad, nos lleva a no dar nada por sentado, excepto el punto de partida: el hecho mismo de que nos encontramos ante una realidad interpelante, de que somos capaces de plantearnos las preguntas oportunas.” (José Ángel Agejas Esteban).

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