El pasado domingo 26 de abril completé la Maratón de Madrid y fueron 6 horas y cuarto que dieron para muchas reflexiones, para recordar momentos y reforzar dos convicciones que tengo muy presentes cada día: los retos que parecen imposibles se transforman en posibles cuando se llevan a cabo en equipo y, durante ese proceso, qué importante es el trabajo mental, la preparación y la planificación de cada detalle.
Puedes imaginar que una prueba como esta es dura, pero no eres consciente de ello hasta que te encuentras inmerso de lleno el día de la competición. Tengo grabado en la retina el momento de salir del Metro y retumbar primero la canción de Thunderstruck, de AC/DC, y seguido la canción de Sirius, la misma canción que protagonizaba la intro de los Chicago Bulls de Michael Jordan en cada partido en casa. Y desde ese momento, tu mente se activa en modo competición, máxima concentración y con la convicción de acabar lo mejor posible, disfrutando del camino, del viaje, algo que siempre he considerado clave en cada cosa que uno hace en su día a día.
Llevaba la carrera planificada en la cabeza, teniendo presente qué debía tomar en cada kilómetro, cada determinado tiempo agua, cada determinado tiempo bebida energética, dátiles, pocket coffee y plátanos. Y todo este mapa mental ambientado con música que escuchaba en modo aleatorio a través de mi implante auditivo, cantando la letra mentalmente sin importarme nada más. Con todo esto fueron avanzando los kilómetros, pasando por lugares emblemáticos y disfrutando de correr por ellos, de sentir la suerte de estar allí y disfrutarlo. Hasta que llegó el primero de los momentos imborrables: Puerta del Sol. Donde el camino se divide, entre los que se van a completar la Media Maratón y a quienes nos quedaban otros 21 kms, entre seguir con la animación y empezar a sentir la soledad del corredor, avanzando por el Teatro Real, Palacio Real, lugares emblemáticos y un sol de justicia. Un poco más adelante, cuando afrontaba la cuesta para ir hacia Casa de Campo, ahí llegaron los mensajes y vídeos de mi compañera de vida y nuestra peque, esa energía que puede con todo aún cuando las piernas empiezan a pesar; esa motivación que hace que sigas enfocado y recuerde por qué estás corriendo. Qué importante es vivir en equipo, porque deja de importar la velocidad y lo que importa es la intensidad y el tiempo que disfrutas de cada instante.
Así, midiendo como podía la amplitud de cada zancada, llegué a la Casa de Campo donde mi inseparable Guille, que sabía que el muro de los 30 kms se iba a levantar ante mí de manera implacable. Sus bromas, su risa, su forma de sacar lo mejor de mí en ese tramo hizo que sortease ese muro. Los muros, los obstáculos, se sortean mejor cuando lo haces en equipo y apartando el ego a un lado. Nadie llega solo a puerto. Así seguimos hasta completar casi el tramo de Casa de Campo, y fue justo ahí cuando llegó el segundo momento imborrable: afrontar el kilómetro 38 en adelante, con un tramo de algo más de 5 kilómetros en los que prácticamente iba en cuesta de forma permanente. Ahí supe lo que era el límite físico y fisiológico, de la misma manera que sentí lo importante que es la cabeza, tu capacidad de mantener el foco, la tranquilidad y avanzar, siempre avanzar, mientras van pasando casi por instinto todos tus momentos por tu mente: los más duros, los más bonitos, las personas que amas, sus risas, sus sonrisas; así mientras avanzas de la forma en que puedes, como te permite tu cuerpo y van aflorando todas las emociones por ver cómo vas completando todo el recorrido, deseando ver a mi compañera de vida y a nuestra hija en meta.
Sigues andando lo más rápido que puedes para llegar en tiempo, pasas Cibeles, sigues con el cuerpo al límite pero ya ves la Meta. Ahí ya no recuerdo la música que sonaba, solamente recuerdo el deseo de llegar, de darles mi medalla a ellas y disfrutar de la sensación de conseguir un objetivo que parecía imposible, pero que ellas convierten en posible porque son el mejor regalo de mi vida y esa fuerza puede con todo. Esta Maratón me ha enseñado que a todos, cada día, o en un determinado momento de nuestra vida, se nos presenta un kilómetro 38 en el que crees que no puedes avanzar, que lo has dado todo y ya no queda más por dar, que estás harto producto del estrés, de los nervios, de las preocupaciones, de los agobios, de la velocidad; de mil sensaciones que nos llevan a querer pararnos. Pero es en ese preciso momento cuando debes coger aire, serenar tu mente, poner tu toma a tierra para conectar y reconectar contigo, con todo lo que te rodea y ser capaz de apreciar en ese instante todo, las razones, las personas, los momentos, los motivos, los propósitos por los cuales seguir, porque la clave es seguir, siempre ir hacia delante, valorar lo que tienes que suele ser mucho más de lo que crees. Y cuando hayas cogido aire, hayas bajado pulsaciones y todo aparezca más claro en tu mente, volver a avanzar con más fuerza que nunca. El kilómetro 38 puede parecer el fin, pero no es más que un punto y seguido para seguir escribiendo tu historia, la vuestra. Una historia que suele ser mucho más bonita cuando la escribes en equipo, con amor, con humildad, con ilusión, con motivación y en la que no importa la extensión, importa la emoción y la felicidad que desprende cada renglón.
Feliz fin de semana, un abrazo muy grande