Escribir el juego o leer el juego

Hace unos días, previos al partido entre Manchester City y Real Madrid, leía varios tweets que valoraban con sarcasmo e incluso burla la simpleza de la charla que daba Carlo Ancelotti en uno de los episodios del documental que acaba de estrenarse en Amazon Prime. Algunos de esos tweets cuestionaban cómo era posible que, con tan pobre charla, se hubiese conseguido todo lo que el Real Madrid ganó la pasada temporada. Creo que es una cuestión de percepción. Lo que se ve en ese vídeo, en esa charla, no es simpleza sino sencillez. Y la sencillez es maestría en el más alto exponente.

Isaac Guerrero en su libro «El entrenamiento sistémico basado en las emociones» nos regala una reflexión maravillosa: «El éxito de un jugador en un equipo se fundamenta, entre otros factores, en el encuentro o desencuentro de afectos con los componentes del grupo deportivo hasta obtener concordancias de expectativas e identificaciones de canales de comunicación. […] Estas expectativas pueden ser, entre otras, que el jugador se vea acogido dentro del grupo, que se sienta satisfecho cuando actúa en un sentido que concuerda con el colectivo, o que disfrute cuando se dé cierta complicidad entre sus integrantes o cuando experimente un nivel de bienestar personal alto.»

Con esta reflexión se propone un cambio de paradigma, consistente en aceptar que quizás los entrenadores no somos tan intervencionistas como pensamos (o nos quiere hacer ver nuestro pequeño ego). Prueba de ello, como indica Isaac Guerrero en el propio, es que si por ejemplo en un entrenamiento realizamos una corrección a un jugador sobre un detalle concreto, pasado un tiempo vuelve a cometer (bajo nuestro criterio) el mismo error porque no lo recuerda. Con esto no quiero decir que el entrenamiento no sea importante ni significativo en el crecimiento del deportista, por supuesto que lo es. Pero cada vez estoy más convencido que ser capaces de generar confianza en el jugador, compromiso, motivación, alegría, es mucho más determinante para que se atreva a desarrollar su talento y sea valiente. Emocionar, hacerle sentir parte de algo único, puede ser el desencadenante para que se sienta capacitado para expresarse en el campo tal y como es. Y en eso, Carlo Ancelotti, está demostrando una temporada más ser un absoluto maestro. ¿Cómo lo consigue?

En la respuesta a esa pregunta me viene un reflexión de Menotti sobre cómo entender el trabajo del entrenador: «Debes mirar el fútbol desde los dos lugares, desde lo que plantea el entrenador y el futbolista. El entrenador es un receptor de la magia del futbolista, pero para eso te tienes que preparar para ser un buen observador. Ser capaz de detectar la capacidad de improvisación del futbolista.» Ser capaz de detectar lo que puede llegar a dar el futbolista, probablemente aspectos que ni siquiera él reconozca tener y sin embargo, terminar creyendo que puede. Eso es lo que consigue Carlo Ancelotti y lo está volviendo a hacer esta temporada. Lo que sucede es que no se pone en valor, porque Carlo trabaja en lo intangible, en lo que no se puede ver ni palpar en un terreno de juego ya sea el entrenamiento o el día del partido.

Carlo es tan humilde, tan sencillo, que no somos capaces de percibir el crecimiento de sus jugadores. Pero es Carlo quien consigue que Valverde se atreva a golpear el balón con una determinación pocas veces vista, sin importar la distancia a portería. Es Carlo quien consigue Bellingham, Mbappé, Vinicius o Rodrygo se atrevan a encarar portería, a asumir el regate con atrevimiento y plena convicción de que pueden superar al rival. Es Carlo quien consigue que Asencio marque a Haaland como si llevase jugando en el primer equipo toda la vida. Es Carlo, junto con la ayuda de todo su cuerpo técnico, quienes están consiguiendo que el Real Madrid sea líder en La Liga, semifinalista en la copa del Rey y esté compitiendo de tú a tú a todo un Manchester City, aún teniendo todas las bajas que tiene el equipo. Quizás porque Carlo no pone excusas, se limita a trabajar y ayudar a que sus jugadores crezcan, desde la humildad, desde el compromiso colectivo y desde la valentía.

Carlo Ancelotti hizo creer en Lisboa que en el minuto 93´se puede dar la vuelta a una final de Champions. Eran doce años sin ganar la Champions. Y con ello, se produjo algo que trasciende a todo y llegar hasta el día de hoy: hacer recuperar la grandeza del Real Madrid, que reside en su ADN ganador. Siempre hasta el final. Y uno pelea hasta el final cuando, desde la individualidad, está dispuesto a todo para que el equipo gane. Carlo Ancelotti es capaz de invitar al aporte colectivo a cada jugador, al disfrute de jugar al juego que les apasiona desde niños. Ese grado de intervención en un equipo no entiende de excesivos conos, picas o minivallas. Parte de entender la emoción de las personas que componen ese equipo, cada día, percibiendo cómo están y qué necesitan en cada entrenamiento, para lograr sacar la mejor versión de ellos. Y eso, lamentablemente, no se ve, solamente se puede sentir. Se siente cuando te olvidas de ti, como jefe y recuerdas que estás ahí para ser el líder que tu equipo necesita que seas, no el que quieren que seas.

Como diría Isaac Guerrero en su libro, «más que potenciar la lectura del juego, deberíamos potenciar la escritura del juego ya que lo que lees ya pasó, es por esto que debemos escribir el juego, anticipar las decisiones, aunque sea de manera inconsciente.» Carlo Ancelotti ha decidido escribir el juego, facilitando que emerja el talento que tiene cada jugador, pero partiendo de las emociones. Que se sienta feliz, que sienta que tiene un propósito colectivo por el que pelear, como él dice, «con energía.» ¿Acaso esto no es lo que nos gustaría que tuviera cualquier responsable de equipo/jefe/directivo/entrenador?

Que tengáis un muy buen fin de semana, un fuerte abrazo.

«El peor líder es aquel a quien la gente desprecia. El buen líder es aquel a quien la gente reverencia. El gran líder es aquel que hace decir a la gente: lo hicimos nosotros.» (Lao Tse)

«Los temas no humanísticos tales como las estadísticas, los diagramas de flujo, las finanzas o la alta tecnología son esenciales para administrar una empresa exitosa, pero las empresas no quiebran por falta de ese conocimiento tecnológico: su fracaso tiene que ver con las personas. Las compañías que quiebran parecen incapaces de aprender que las personas no operan con efectividad no por ser incompetentes en los aspectos técnicos de sus tareas, sino por la forma en que son tratadas por los demás y como ellas tratan a los demás. (William Glasser)

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