Si vibras, emocionas

¿Por qué es tan importante emocionar? Sin duda, porque cuando nuestras emociones entran en juego, nuestro aprendizaje, nuestra vivencia en el día a día, deja tal huella en los corazones que perdura más tiempo del que pudiéramos imaginar. Pero, ¿cómo podemos lograr esto? Es la pregunta que se me planteaba estos días, y a la que hoy trato de armar una respuesta en base a conferencias, conversaciones, y reflexiones con diferentes personas.

Por ello, cada vez estoy más convencido de la importancia de establecer vínculos, con cada persona con quien compartimos cada día de nuestras vidas. Y para establecer estos vínculos es verdaderamente sorprendente que, si preguntamos a una persona cuáles son aquellas referencias que tuvo en su vida, sus referentes, aparecen dos respuestas muy claras: “Me hacía sentir seguro. Pude ser yo”. Es decir, un espacio de seguridad y de confianza. Qué dos aspectos tan importantes, que creo se puede llevar a cualquier ámbito. ¿Acaso no nos gusta estar con una persona, con quien me siento seguro y puedo ser yo mismo?

Pero para lograr ese tipo de recuerdo, de huella emocional, en esas personas, uno primero quizás deba plantearse dos cuestiones: “¿Quién eres tú? ¿Qué quieres?”. Porque en función de la calidad humana de estas respuestas consigues establecer unos puentes verdaderos, auténticos, y de calidad humana, con las personas con quienes creces, vives, en tu día a día. Encontrar los valores que definen tu persona, y saber cuáles son tus propósitos en tu vida es lo que te lleva, sin duda alguna, a definir tu comportamiento. Son las preguntas adecuadas, para recorrer el camino adecuado.

Toda vez que sabemos quiénes somos, y qué queremos desde que nos levantamos cada día por la mañana, la principal consecuencia es que uno logra entender que para establecer vínculo verdaderos uno mismo necesita hacer un total ejercicio de desprendimiento de sí mismo, que le permita centrarse en la persona que tiene en frente. Y esto solamente se puede conseguir si dejamos de marcarnos objetivos, y pasamos a establecer propósitos. ¿Por qué digo esto? El argumento me lo dio una persona a quien tengo un especial cariño, y que creo es muy enriquecedor: “Porque los objetivos se terminan agotando; sin embargo los propósitos son para toda la vida. Normalmente si uno analiza los objetivos, se dará cuenta de que muchas veces van referidos a lograr algo que tiene una fecha de fin. Sin embargo, el propósito tiene que ver  con un aspecto de nuestra vida, de la persona, que no tiene comienzo ni fin porque está interiorizado en nosotros, y normalmente hace que lleve mi atención a la persona que tengo en frente con actitud de servicio.”

Si a esto le añadimos la diferencia en el concepto de frutos y logros, comenzamos a entender cuándo las relaciones que establecemos son verdaderas, auténticas, cuándo éstas nos permiten emocionar a las personas con quienes vivimos. La clave radica en que los logros son individuales, son las “medallas” que nos ponemos a título personal, los premios que uno recibe; sin embargo, cuando hablamos de frutos nos referimos a preservar la calidad de lo que preparamos para otros con la mejor calidad posible. Una calidad que se traduce en cariño, en amor, en pasión por dar lo mejor de nosotros para otros. Porque solo cuando se olvida de sí misma, y se centra en la persona que tiene en frente, la persona alcanza la verdadera plenitud y felicidad de vivir la vida.

Como bien dice Emmanuel Faber en su discurso, no es una cuestión de poder, dinero, o gloria. Más bien tiene que ver con “descubrir cómo la normalidad nos aisla”, porque la normalidad tiene a apagar la creatividad, a anular las emociones porque hay que ceñirse a reglas de curriculum, a normativas de empresa; y un largo listado de tareas que nos convierten en seres humanos comunes y rutinarios. Y sin embargo, solo se consigue la verdadera plenitud, la verdadera felicidad, en las personas que queremos (y en consecuencia, en nosotros), cuando somos creativos, cuando somos alegres, con capacidad para sorprender y asombrar con pequeños detalles cada día que refuerzan esos vínculos tan necesarios. Cuando se es capaz de reconocer a la persona que tengo delante, de generarle esa seguridad, y a la vez esa libertad para que pueda ser quien quiera ser. Emmanuel Faber dice que “He descubierto que se puede vivir con muy poco, y ser feliz.” Efectivamente, porque la cuestión no radica en tener mucho, sino en que lo tengamos sea de calidad. Menos siempre es, y será, más.

No alcanzamos a lograr comprender que las medallas individuales deben quedar atrás, los premios por nuestro trabajo, por nuestras funciones; que todo ello puede estar genial para llenar la pared de nuestro despacho. Pero la verdadera realidad es que no debemos esperar eso; que uno debe vivir con absoluta pasión cada día de su vida, y entregarse a las personas que quiere, generando esa seguridad y esa libertad que tanto necesitamos. Una seguridad y una libertad que nos conduce a un profundo respeto y amor por la persona que tenemos delante, porque lo que pretendemos es que descubra quién es y qué quiere. Porque nadie es en sí mismo; cuando uno consigue vibrar cada día, emociona a quienes están a su lado. Y esa emoción es el paso previo a la mejor sonrisa posible en la cara que tiene en frente.

Que tengan una muy buena semana, un fuerte abrazo, y generen esos espacios de seguridad, de libertad, que tan necesarios son para el crecimiento personal de cada persona.

“…que seamos las relaciones que tenemos, cómo las tenemos y con quién, nos refriega una obviedad que demasiadas veces olvidamos: que hemos venido a este mundo a amar y a ser amados, a dar y a recibir. Todo es amor o bien su negación, que tiene una gama que va desde la indiferencia hasta el odio, siempre tan opuesto y tan próximo al amor. O celebramos el amor o exhibimos a golpes y gritos su ausencia. Ternura y violencia son expresiones puras del mismo deseo y necesidad: el de estar pendiente el uno del otro, ya sea para cuidarnos o hacernos daño, para salvarnos o matarnos. Y como hemos venido aquí a relacionarnos, la educación es el arte y oficio sublime de aprender a hacerlo mientras se enseña, y de enseñar a hacerlo mientras se aprende. Es más verbo que sustantivo, más ejemplo que discurso, vive del hecho y no de la palabra, impone la realidad sobre la idealización. Solo estando de verdad, de todo corazón, siempre, puedes aprender y enseñar a estar.” (Carles Capdevila)
“¿Se está haciendo correctamente lo correcto o mejorando una estupidez?”

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