Lo que nadie ve

“-. Nosotros disfrutamos en el barro Pablo, porque nos van los retos difíciles, de la misma manera que nos quedamos con el chico de barrio, el rebelde, con el que tenemos que tener una mano izquierda espectacular. Porque con esos chicos la línea que separa el respeto de que nos tome el pelo, es muy muy fina. -. Así es Rober, pero cuando te ganas el corazón de ese chico, tienes un jugador incondicional que hará lo imposible por el equipo, por ti, por todos. Y nosotros, como entrenadores, como líderes, como formadores, tenemos la obligación, el deber, de sacar lo mejor de todos ellos.”

Esta es una parte de la conversación que mantuve ayer Lunes con un gran amigo como es Roberto Tello, a quien tuve la fortuna de conocer cuando impartí algunas asignaturas en el curso para el Nivel 2 de entrenador de fútbol, y que para mayor suerte resultó ser vecino mío en la localidad donde vivo. Hablamos de fútbol en concreto, de la vida en general, y en seguida empecé a conectar con ideas, pensamientos, que había leído en el libro que estoy terminando, Mindset: La actitud del éxito.

Todos estos años en los que he trabajado con personas, como entrenador, formador, docente, había adoptado una mentalidad totalmente de crecimiento, sin saberlo. Una mentalidad, una manera de ver la vida, que se centra en la idea de sacar lo mejor de cada persona con quien trabajo, independientemente de lo que se vea a primera vista. Porque como bien decía mi amigo Roberto, “encasillamos con una asombrosa rapidez, hoy en día los entrenadores descartan a los jugadores que les dan el más mínimo problema, bien por su personalidad, o por la razón que sea.” Y cuánta razón tienes amigo; la gente tiene demasiados prejuicios, que les impide ver el talento de la persona que tienen delante, porque poseen una mentalidad fija que es imposible cambiar.

¿Por qué es tan importante adoptar esta mentalidad crecimiento? Porque basas el éxito en el trabajo realizado, en vez de enfocarlo al resultado final. Es saber redirigir las capacidades, el talento, las características de cada jugador hacia un bien común, que sume al colectivo. Llaménme nostálgico, romántico, o como quieran ustedes, pero cuando he entrenado a cualquier equipo lo he hecho, y lo hago con el convencimiento total de que todos pueden sumar, de que en todos hay algo ,por pequeño que sea, en lo que son muy buenos. Y esto, ¿en qué repercute? En que veo lo que otros son incapaces de ver, adoptando una actitud de paciencia, calma, mientras que con el tiempo el talento de todos empieza a mostrarse al mismo tiempo que somos capaces de diseñar la situaciones, los contextos adecuados para que su talento salga a la luz.

No me pregunten por qué, pero siempre empaticé de una manera especial con los jugadores más complejos, con las personalidades más complicadas, probablemente por el reto de que ellos ponían demasiadas barreras entre su corazón y el mío, resultándome muy difícil conectar con ellos. Pero cuando lo lograba, lo que recibía a cambio era una lealtad por su parte a prueba de bombas, un compromiso con todo el equipo inquebrantable, lo que le convertía en un jugador que, en vez de sumar, multiplicaba el rendimiento del equipo. Y de todos ellos hay uno que me será imposible olvidar, que tuve la suerte de dirigir en mi primer año como entrenador además.

Digo suerte porque el aprendizaje que me llevé de la convivencia con él, de lo que tuve hacer para ser capaz de llegar a su corazoncito, sólo lo sabemos él y yo, pero me costó muchísimo. Tenía 12 años, problemas en casa, fumaba, incluso bebía, iba muy mal. Hablé con su padre, nos pusimos manos a la obra, comenzó a sacarle todos los días a correr por el parque junto a su perro; incluso su madre estuvo a punto de suicidarse así que imagínense la situación en casa no era nada fácil.

Pues bien, hay un momento,un instante, que jamás olvidaré por tiempo que pase, por logros deportivos que consiga, y es este: “Acabábamos de ganar la liga, él había conseguido marcar dos goles, y había sido increíble verle jugar saliendo otra vez, como muchas veces antes, desde el banquillo. Pero daba igual, era eléctrico, era energía, era bestial, el más pequeño en altura, y de los más valientes, no dudaba en meter la pierna fuerte abajo. Vino corriendo, me dio un abrazo, y cuando le miré estaba llorando. Se acercó al oído y me dijo: Gracias Pablo, por salvarme la vida.” 

Nunca olvidaré esa frase, y creanme que doy gracias a Dios por ser la persona que soy, porque gracias a ello me emociono viviendo momentos así, de ver cómo las personas pueden redirigir su vida, cambiar sus hábitos, y creer que tienen un talento dentro, porque les convenciste de ello. A todos los entrenadores nos gusta tener jugadores fáciles de llevar, perfectos en la técnica, en la táctica, pero si sólo nos centrásemos en ese perfil estaríamos dejando de lado a los otros, a los rebeldes, al chico de barrio, al que te cuestiona, al que te pone a prueba constantemente…pero de la misma manera, probablemente sea el que se iría el primero contigo a la guerra.

Es conveniente recordar que los jugadores, como personas que son, se comportan en base a lo que han vivido, a su situación familiar, a los principios que les han enseñado o les han podido enseñar (porque quizás hasta no tienen ni la referencia de un padre o una madre), por tanto no encasillemos con tanta facilidad, con tanta rapidez; tomémonos un tiempo para observar y escuchar lo que nadie ve ni oye.

La historia de Wooden:

“UCLA tenía unas instalaciones claramente insuficientes. Durante los 16 años que estuvo allí, Wooden hacía los entrenamientos en un gimnasio atestado, oscuro y escasamente ventilado, conocido como la Cabaña O.C. (olor corporal) por el evocador efecto de los cuerpos sudorosos. En el mismo gimnasio muchas veces había partidos de lucha, entrenamiento del equipo de gimnasia, saltos en cama elástica y ensayos de las animadoras  a la vez que el entrenamiento de baloncesto. No había sitio para partidos. Al principio, durante unos cuantos años habían tenido que utilizar la Cabaña O.C. y durante los siguientes catorce se vieron obligados a viajar por la zona pidiendo que les prestasen gimnasios de colegios y pueblos. Y luego estaban los jugadores. Cuando los reunió para el primer entrenamiento, se quedó de piedra. Eran tan malos que si hubiera tenido una forma honrosa de marcharse del puesto, lo habría hecho. La prensa había escogido a su equipo como el que acabaría el último de su división. Pero Wooden se puso en manos a la obra y su ridículo equipo no terminó último: terminó ganando el título de su división, con 21 victorias y 7 derrotas durante la temporada. El año siguiente llegaron a las eliminatorias de la NCAA. ¿Qué les dio? Les dio una instrucción constante sobre las habilidad básicas, les dio condicionamiento para su conducta y les dio mentalidad.” 

Que tengan una muy buena semana, un fuerte abrazo, y recuerden que la mejor obra es la que aún está por realizarse. Les recomiendo la ponencia del propio John Wooden.

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“No puedo imaginar lo que habría sido mi vida si el entrenador Wooden no hubiese sido la luz que me guía. Conforme van pasando los años lo aprecio cada vez más, y sólo puedo rezar para tener la mitad de influencia sobre los jóvenes que entreno que él tuvo en mí.” (Denny Crum)

“La sabiduría del entrenador Wooden tuvo una profunda influencia en mí como deportista, pero fue aún mayor la que tuvo en mí como ser humano. Él es en parte responsable de la persona que soy hoy día.” (Kareem Abdul-Jabbar)

“Hay entrenadores por ahí que han ganado campeonatos utilizando la estrategia del dictador. Yo tengo una filosofía diferente. Para mí, el interés, la compasión y la consideración han sido siempre prioridades del más alto nivel.” (John Wooden)

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