Sentir, entender, y hacer

“Pablo es que por ejemplo, esto que nos estás contando ahora mismo a mi me está encantando, sé que me va a venir muy bien de ahora en adelante, pero también es verdad que nadie hasta ahora nos ha explicado cómo tenemos que hacer esto, ni cómo tenemos que hablar al público, o a otra persona.”

Llevo poco más de un mes con mi grupo de 1º de TEAS (antiguo TAFAD), y en ese poco espacio de tiempo he sido yo el que me he visto sorprendido, con aprendizaje a modo de reflexiones de sucesos que van aconteciendo en clase. El párrafo con el que inicio este nuevo post es una reflexión en voz alta que lanza uno de los alumnos, tras explicarles la manera de proceder en una presentación. Llevaban una semana de presentaciones, en grupos de 2-3 personas con un tiempo limitado, para presentar un tema concreto, y yo mientras tanto en cada exposición había ido tomando nota para posteriormente que ellos tengan el feedback en su email.

Pero aún con todo, creía oportuno que vieran cuáles son los cuatro aspectos que considero claves a la hora de realizar una presentación (mientras ellos iban recordando cómo había sido su presentación), de preparar una argumentación, un discurso, cómo enganchar, conectar, enamorar, a las personas que tenemos delante. Pues bien, el párrafo mencionado anteriormente a mi me deja de piedra y me planteó al instante la siguiente cuestión: ¿Qué les estamos enseñando a nuestros alumnos/as? ¿Qué les estamos transmitiendo a esos niños y niñas que, desde pequeñitos, ya están en la escuela? Si luego resulta que no saben hablar, comunicar, siendo ellos mismos quienes te lo reconocen.

A raíz de esta primera pregunta, comencé a conectar con el Máster Universitario de Humanidades que estoy cursando, y me acordé de la primera clase. En ella nos dijeron que para afrontar los comentarios de texto, los comentarios referentes a una obra literaria, nos debíamos plantear tres cuestiones: 1-. ¿Qué siento? Valorar y comprender. 2-. ¿Qué entiendo? ¿Qué significa? 3-. ¿Qué debo hacer?. Y en realidad, pensé, esto se puede (y creo que se debe) aplicar ya no solo como estudiante, sino como profesor y voy más allá, para la vida en general.

Cuando uno entra a una clase nueva debe valorar a los alumnos que tiene delante, comprender realmente quienes son cada uno de ellos, cuál es su historia, para de esa manera saber qué necesitan para continuar caminando hacia delante. Debo ser consciente plenamente de saber qué entiendo de esta situación, de la persona que tengo en frente, y qué significa para mí, porque la calidad del contenido que transmito está directamente relacionada con lo que él o ella espera de mí, las expectativas que tiene puestas en este proyecto sea del carácter que sea es una información sumamente vital para que se llegue a buen puerto. Y por último, qué debo hacer yo cómo persona, no como profesional, sino como persona.

Porque creo que este es un dato que olvidamos a menudo, unas veces porque no se termina de interiorizar, otras veces porque se pone la excusa de que hay contenido que dar porque luego vienen las auditorías, y un larguísimo etc de excusas para no hacer lo que se debe hacer, que no es ni más ni menos que mantener la balanza en equilibrio. Para conseguir esto debemos tener en cuenta que en cualquier contexto, ya sea una clase, una propuesta de proyecto empresarial; la afectividad, los sentimientos, las emociones, poner en juego mi inteligencia, mi lenguaje, mi diálogo, mi voluntad, mi libertad,  y todo lo que ello implica, me conduce de manera implícita a la búsqueda del bien, porque… ¿qué es lo que determina mi vida? La verdad del bien, la búsqueda de la verdad y del bien.

Esto nos lleva a plantearnos las mismas cuestiones que nos plantearon en esa clase: ¿A qué sabe la vida? ¿Cómo debo vivir? ¿Cómo puedo vivirlo hoy? Y todo ello, para finalizar,  me conecta con Parménides de Elea, quien afirma que “tengo que emocionarme, y saber captar ese destello. La realidad se presenta en unidad.” De la misma manera que esto debemos aplicárnoslo, debemos ser coherentes en la medida en que tratemos de aplicarlo con las personas con quienes vivimos día tras día. Es decir, como bien dice Parménides “si consigo que el mensaje que pretendo transmitir vaya acompañado de belleza, verdad, y bien, estaremos alcanzando la unidad, por tanto tengo un sentido.”

Y encontrando ese sentido a lo que hago, a lo que soy, y para qué estoy aquí, logro la felicidad ya no solo para mí sino para las personas que me rodean. Porque la felicidad “es una consecuencia, si alcanzo una de las tres alcanzo un grado de felicidad.” La realidad ni se puede ni se debe separar, es un compendio de una multiplicidad de factores lo cuales hay que tener en presentes.

Por todo ello, y enlazando con el principio de este post, debemos diferenciar en los docentes cuándo transmitimos instrucciones y cuándo transmitimos cultura. Se entiende por instrucción, según Gustave Thilbon, “cuando hablamos de meter cosas en la cabeza, y tratar la formación humana como “pienso”cerebral”Sin embargo, cuando nos referimos a cultura, aparece como “una creación continua, un alimento que desarrolla y perfecciona al sujeto que la asimila. O como bien diría Eduardo Herriot: “la cultura es lo que queda cuando se ha olvidado todo.” 

Y si esto lo trasladamos fuera de las aulas nos daríamos cuenta, si observásemos nuestro modo de comunicarnos, cuántas veces lanzamos instrucciones dando a entender que sólo nosotros entendemos del tema en cuestión, y cuántas veces comunicamos el mensaje en modo de cultura compartida, con pasión, humildad, y bondad. Les invito a que se analicen, a que se planteen las cuestiones que están en negrita en este post, y probablemente esto les ayude a comprender cuánta diferencia hay entre el profesional, la persona, que creen que son y la que en realidad proyectan.

Que tengan una muy buena semana, y como muy bien dice Gustave Thilbon, “es importante marchar, pero no podemos creer en la virtud infalible del movimiento como tal […]. Rechazamos marchar sobre todos los caminos y tras todos los rebaños. No marcharemos sino a condición de conocer el objetivo y de que ese objetivo sea la verdad y el bien. Si no, y esta palabra toma todo su peso de sabiduría y prudencia en el mundo en que vivimos, no echaremos a andar.” 

“Manejar la palabra es manejar magia.” (Gorgias de Leontinos)
“Solo el hombre virtuoso alcanza la verdad.” (Platón)
El amor tiene tanta fuerza como el destino.

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